La bola emilio rabasa

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La bola
Emilio Rabasa

- I -
Un día de fiesta
     El pueblo de San Martín de la Piedra despertó aquel día de un modo inusitado.
     Al alba los chicos saltaron del lecho, merced al estruendo de los cohetes voladores en que el Ayuntamiento había extendido la franqueza hasta el despilfarro; los ancianos, prendados de la novedad, soportaban la interrupción del sueño, y escuchaban con ciertaanimación nerviosa el martilleo de ladiana, malditamente aporreada por el tambor Atanasio en la calle única de San Martín; las muchachas saltaban de gusto, y a toda  [4] 

prisa se echaban encima las enaguas y demás lienzos, ávidas de entreabrir la ventana para oír mejor la música, que recorría las calles (palabras del bando), si bien ahora que la recuerdo, me parece que imitaba maravillosamenteel grito en coro que dan los pavos cuando un chico los excita. Si a esto se agrega que el sacristán y algunos auxiliares oficiosos, echaban a vuelo las tres campanas de la iglesia, de las cuales dos estaban rajadas, se comprenderá que aquello, más que regocijo público, parecía el comienzo frenético de una asonada tremenda.
     Yo tenía veinte años, novia que me requemaba la sangre, y untrajecillo flamante, hecho de encargo para aquel día con impaciencia esperado; y con decir esto, dicho se queda que salté de la cama con precipitación, me puse el vestido (que era color de azafrán), me calcé unos zapatos, también nuevos, que apretaban como borceguíes del Santo Oficio, y completando el aderezo con sombrero de fieltro negro, me eché a la calle radiante de alegría.
     Tomé calle abajo,con el doble objeto de
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incorporarme a la banda de música y de pasar por las ventanas de Remedios, fiado en que su alborozo la habría levantado ya; pero defraudó mis esperanzas, sin duda por el temor que le infundía el celoso argos que la guardaba, bajo el nombre y robusto físico de su tío el Sr. Comandante Don Mateo Cabezudo. Y si he de decir verdad, no acierto a decidir si mi afán eraver a Remedios o que ella me viera con aquel traje tan mono.
     Un buen grupo de hombres del pueblo, entre los que ya se veían algunos galancetes con puntas y ribetes de educación, semejantes a mí, rodeaban a los músicos, mientras éstos inflaban los carrillos, soplando sus respectivos instrumentos y causando la admiración de los chicos parados frente a ellos. Los músicos de pueblo se hanenvanecido siempre con esa admiración infantil, que no comprende cómo se pueden mover con tanta habilidad los dedos; pero creo que ningunos como los de la banda de mi tierra. Concluida la pieza que se ejecutaba, los tocadores hablaban entre sí con cierta gravedad cómica, mirando alto y sacudiendo el instrumento 
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con la boquilla hacia abajo, acto al cual dan una importancia verdaderamente seria.     Hoy me río de esa simple vanidad; pero en aquella época me cargaba, porque me parecía que aquellos tontos me suponían también su admirador; mas todo lo perdonaba yo con tal de que me hicieran el gusto de pasar por las ventanas del Comandante, tocando una danza que se llamaba No te olvido; porque caminando yo cerca del clarinete, y dirigiendo una mirada a Remedios de cierto modo, de fijocomprendería que yo había hecho tocar la danza para dedicarle a ella el título.
     Perdónenseme estas pequeñas digresiones referentes a mi persona; mas por una parte, están justificadas con el hecho de tener yo tan principal parte en los acontecimientos que voy a referir, y por otra, justo es que al recordar mis años juveniles, la memoria se derrame sobre el campo de mis más íntimos sentimientos, yla pluma escriba lo que con tanta viveza se presenta a mi imaginación. Forzando, sin embargo, esta mi inclinación natural y justa, diré, para beneficio del lector [7] 

lo menos que pueda de mi persona, y pasando rápidamente los insignificantes pormenores de aquella madrugada, referiré solamente que al regresar con la música vi a Remedios, que la saludó de un modo imperceptible, que noté su...
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