La cuesta de las comadred de juan rulfo

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  • Publicado : 11 de noviembre de 2010
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Los difuntos Torricos siempre fueron buenos amigos míos. Tal vez en Zapotlán no los quisieran
pero, lo que es de mí, siempre fueron buenos amigos, hasta tantito antes de morirse. Ahora eso de que
no los quisieran en Zapotlán no tenía ninguna importancia, porque tampoco a mí me querían allí, y tengo
entendido que a nadie de los que vivíamos en la Cuesta de las Comadres nos pudieron ver conbuenos
ojos los de Zapotlán. Esto era desde viejos tiempos.
Por otra parte, en la Cuesta de las Comadres, los Torricos no la llevaban bien con todo mundo.
Seguido había desavenencias. Y si no es mucho decir, ellos eran allí los dueños de la tierra y de las
casas que estaban encima de la tierra, con todo y que, cuando el reparto, la mayor parte de la Cuesta de
las Comadres nos había tocado porigual a los sesenta que allí vivíamos, y a ellos, a los Torricos, nada
más un pedazo de monte, con una mezcalera nada más, pero donde estaban desperdigadas casi todas
las casas. A pesar de eso, la Cuesta de las Comadres era de los Torricos. El coamil que yo trabajaba era
también de ellos: de Odilón y Remigio Torrico, y la docena y media de lomas verdes que se veían allá
abajo eran juntamente deellos. No había por qué averiguar nada. Todo mundo sabía que así era.
Sin embargo, de aquellos días a esta parte, la Cuesta de las Comadres se había ido deshabitando.
De tiempo en tiempo, alguien se iba; atravesaba el guardaganado donde está el palo alto, y desaparecía
entre los encinos y no volvía a aparecer ya nunca. Se iban, eso era todo.
Y yo también hubiera ido de buena gana a asomarme aver qué había tan atrás del monte que no
dejaba volver a nadie; pero me gustaba el terrenito de la Cuesta, y además era buen amigo de los
Torricos.
El coamil donde yo sembraba todos los años un tantito de maíz para tener elotes, y otro tantito de
frijol, quedaba por el lado de arriba, allí donde la ladera baja hasta esa barranca que le dicen Cabeza del
Toro.
El lugar no era feo; pero latierra se hacía pegajosa desde que comenzaba a llover, y luego había un
desparramadero de piedras duras y filosas como troncones que parecían crecer con el tiempo. Sin
embargo,
el maíz se pegaba bien y los elotes que allí se daban eran muy dulces. Los Torricos, que para todo lo que
se comían necesitaban la sal de tequesquite, para mis elotes no, nunca buscaron ni hablaron de echarle
tequesquite amis elotes, que eran de los que se daban en Cabeza del Toro.
Y con todo y eso, y con todo y que las lomas verdes de allá abajo eran mejores, la gente se fue
acabando. No se iban para el lado de Zapotlán, sino por este otro rumbo, por donde llega a cada rato ese
viento lleno del olor de los encinos y del ruido del monte. Se iban callados la boca, sin decir nada ni
pelearse con nadie. Es seguroque les sobraban ganas de pelearse con los Torricos para desquitarse de
todo el mal que les habían hecho; pero no tuvieron ánimos.
Seguro eso pasó.
La cosa es que todavía después de que murieron los Torricos nadie volvió más por aquí. Yo estuve
esperando. Pero nadie regresó. Primero les cuidé sus casas; remendé los techos y les puse ramas a los
agujeros de sus paredes; pero viendo quetardaban en regresar, las dejé por la paz. Los únicos que no
dejaron nunca de venir fueron los aguaceros de mediados de año, y esos ventarrones que soplan en
febrero y que le vuelan a uno la cobija a cada rato. De vez en cuando, también, venían los cuervos;
volando muy bajito y graznando fuerte como si creyeran estar en algún lugar deshabitado.
Así siguieron las cosas todavía después de que semurieron los Torricos.
Antes, desde aquí, sentado donde ahora estoy, se veía claramente Zapotlán. En cualquier hora del
día y de la noche podía verse la manchita blanca de Zapotlán allá lejos. Pero ahora las jarillas han
crecido muy tupido y, por más que el aire las mueve de un lado para otro, no dejan ver nada de nada.
Me acuerdo de antes, cuando los Torricos venían a sentarse aquí también y se...
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