La hora menguada

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  • Publicado : 5 de marzo de 2010
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La hora menguada
Rómulo Gallegos

I
-¡Qué horror! ¡Qué horror!
Clamaba Enriqueta, con las manos sobre las sienes consumidas por el sufrimiento, paseándose de un extremo a otro de la sala, impregnada todavía del dulce y pastoso aroma de nardos y azucenas del mortuorio reciente.
-Ya me lo decía el corazón. No era natural que tú te desesperaras tanto por la muerte de Adolfo. Siparecía que eras tú la viuda y no yo. ¡Y yo tan ciega, tan cándida! ¿Cómo es posible que no me hubiera dado cuenta de lo que estaba pasando? ¡Traicionada por mi propia hermana, en mi propia casa!...
Amelia la oía sin protestar. Tenía el aire estúpido de un alelamiento doloroso; sus ojos, que un leve estrabismo bañaba de languidez y dulzura, encarnizados por el llanto y por el insomnio, seguíanel ir y venir de la hermana con esa distraída persistencia del idiotismo. Parecía abrumada por el horror de su culpa; pero no reflexionaba sobre ella; ni siquiera pensaba en el infortunio que había caído para siempre sobre su vida.
Atormentada por los celos, trémula de indignación y de despecho, Enriqueta escarbaba con implacable saña en aquella herida que era dolor de ambas, arrancándole lasmás crueles confesiones a la hermana, quien las iba haciendo dócilmente con la sencillez de un niño, llegando a un inquietante   —206→   extremo de exageración cuando Amelia le confesó que era madre.
¡Ella, que tanto lo deseara, no había podido serlo durante su matrimonio! ¿No era el colmo de la crueldad del destino para con ella, que tuviese que amargar más aún, con el despecho de suesterilidad su dolor y su ira de esposa ofendida, de hermana traicionada? ¡Esto sólo le faltaba: tener de qué avergonzarse!
Al cabo la violencia misma de sus sentimientos la rindió. Lloró largo rato, desesperadamente; luego más dueña de sí misma y aquietada por el saludable estrago de su tormenta interior, le dijo a la hermana con una súbita resolución:
-Bien. Hay que tratar ahora de ver si sesalva algo: siquiera el concepto de los demás. Nos iremos de aquí, donde todo el mundo nos conoce y nos sacarían a la cara esta vergüenza. Nos instalaremos en el campo hasta que tu hijo haya nacido. Y será mío. Yo mentiré y me prestaré a la comedia para salvarte a ti de la deshonra... y...
Pero no se atrevió a expresar su verdadero sentimiento, agregando: y para librarme yo de las burlas dela gente. Porque en aquel rapto de heroica abnegación no podía faltar, para que fuese humana, el flaco impulso de una pequeña pasión.
Amelia la oyó con sorpresa y se le llenaron de lágrimas los ojos que parecían haber olvidado el llanto: su instinto maternal midió un instante la enormidad del sacrificio que se le exigía. Respondió resignada:
-Bueno, Enriqueta. Como tú digas. Será tuyo.II

Confundiéndolas en un mismo amor creció Gustavo Adolfo al lado de aquellas dos mujeres que se veían y se deseaban para colmarlo de ternuras.
Era un pugilato de dos almas atormentadas por el secreto, para adueñarse plenamente de la del niño que era de ambas y a ninguna pertenecía.
-¡Mi hijo! ¡Mi hijito!...
Decía Enriqueta, comiéndoselo a besos, con el corazón torturado porel anhelo maternal que se desesperaba ante la evidencia de su mentira.
-¡Muchacho! ¡Muchachito!
Exclamaba Amelia, sufriendo la pena de Tántalo por no poder satisfacer su orgullo materno ostentando la verdad de su amor.
Y a medida que el niño crecía aumentaba el conflicto sentimental que cada una llevaba dentro del alma. Celábanse y espiábanse mutuamente: Enriqueta siempre temerosade que Amelia descubriese algún día la verdad al niño; Amelia de continuo en acecho de las extremosas ternuras de la hermana para superarlas con las suyas.
Por momentos esta perenne tensión de sus ánimos se resolvía en crisis de odio recíproco. Acontecíales muy a menudo pasar días enteros sin dirigirse palabra, cada cual encerrada en su habitación, para no tener que sufrir la presencia de...
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