La meningitis y su sombra

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Horacio Quiroga
LA MENINGITIS Y SU SOMBRA

No vuelvo de mi sorpresa. ¿Qué diablos quieren decir la carta de
Funes, y luego la charla del médico? Confieso no entender una palabra
de todo esto.

He aquí las cosas. Hace cuatro horas, a las 7 de la mañana, recibo una
tarjeta de Funes, que dice así:

_Estimado amigo:

Si no tiene inconveniente, le ruego que pase esta nochepor casa. Si tengo tiempo iré a verlo antes. Muy suyo

Luis María Funes_.

Aquí ha comenzado mi sorpresa. No se invita a nadie, que yo sepa, a
las siete de la mañana para una presunta conversación en la noche, sin
un motivo serio. ¿Qué me puede querer Funes? Mi amistad con él es
bastante vaga, y en cuanto a su casa, he estado allí una sola vez. Por
cierto que tiene dos hermanasbastante monas.

Así, pues, he quedado intrigado. Esto en cuanto a Funes. Y he aquí que
una hora después, en el momento en que salía de casa, llega el doctor
Ayestarain, otro sujeto de quien he sido condiscípulo en el colegio
nacional, y con quien tengo en suma la misma relación a lo lejos que
con Funes.

Y el hombre me habla de a, b y c, para concluir:

--Veamos, Durán: Vd. comprende de sobraque no he venido a verlo a
esta hora para hablarle de pavadas; ¿no es cierto?

--Me parece que sí--no pude menos que responderle.

--Es claro. Así, pues, me va a permitir una pregunta, una sola. Todo
lo que tenga de indiscreta, se lo explicaré en seguida. ¿Me permite?

--Todo lo que quiera--le respondí francamente, aunque poniéndome al
mismo tiempo en guardia.

Ayestarain me miróentonces sonriendo, como se sonríen los hombres
entre ellos, y me hizo esta pregunta disparatada:

--¿Qué clase de inclinación siente Vd. hacia María Elvira Funes?

¡Ah, ah! ¡Por aquí andaba la cosa, entonces! ¡María Elvira Funes,
hermana de Luis María Funes, todos en María! ¡Pero si apenas conocía a
esa persona! Nada extraño, pues, que mirara al médico como quien mira
a un loco.

--¿MaríaElvira Funes?--repetí.--Ningún grado ni ninguna inclinación.
La conozco apenas. Y ahora...

--No, permítame--me interrumpió.--Le aseguro que es una cosa bastante
seria... ¿Me podría dar palabra de compañero de que no hay nada
entre Vds. dos?

--¡Pero está loco!--le dije al fin.--¡Nada, absolutamente nada! Apenas
la conozco, vuelvo a repetirle, y no creo que ella se acuerde de
haberme vistojamás. He hablado un minuto con ella, ponga dos, tres,
en su propia casa, y nada más. No tengo, por lo tanto, le repito por
décima vez, inclinación particular hacia ella.

--Es raro, profundamente raro...--murmuró el hombre, mirándome
fijamente.

Comenzaba ya a serme pesado el galeno, por eminente que fuese--y lo
era,--pisando un terreno con el que nada tenían que ver sus aspirinas.--Creo que tengo ahora el derecho...

Pero me interrumpió de nuevo:

--Sí, tiene derecho de sobra... ¿Quiere esperar hasta esta noche? Con
dos palabras podrá comprender que el asunto es de todo, menos de
broma... La persona de quien hablamos está gravemente enferma, casi a
la muerte... ¿Entiende algo?--concluyó mirándome bien a los ojos.

Yo hice lo mismo con él durante un rato.

--Ni unapalabra--le contesté.

--Ni yo tampoco--apoyó encogiéndose de hombros.--Por eso le he dicho
que el asunto es bien serio... Por fin esta noche sabremos algo. ¿Irá
allá? Es indispensable.

--Iré--le dije, encogiéndome a mi vez de hombros.

Y he aquí por qué he pasado todo el día preguntándome como un idiota
qué relación puede existir entre la enfermedad gravísima de una
hermana de Funes,que apenas me conoce, y yo, que la conozco apenas.

* * * * *

Vengo de lo de Funes. Es la cosa más extraordinaria que haya visto en
mi vida. Metempsícosis, espiritismos, telepatías y demás absurdos del
mundo interior, no son nada en comparación de este mi propio absurdo
en que me veo envuelto. Es un pequeño asunto para volverse
loco. Véase:

Fuí a lo de...
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