La quintrala

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Magdalena Petit

“Uso exclusivo Vitanet, Biblioteca Virtual 2004”

Capítulo 1

Hace más de una hora que el sereno ha lanzado con voz lastimera: “¡Ave María Purísima, las once han dado y nublado!” Por la calle del Rey surge, envuelto en la amalgama de sombra y de fina llovizna, un grupo de tres personas que caminan a prisa a pesar de la dificultad para guiarse en la noche, muy obscura, poruna mala vereda humedecida. —Ya falta poco para llegar: puede ir más descansada, misiá M agdalena —dijo el esclavo que cerraba la marcha detrás de doña Magdalena Lisperguer y de su “china”.. —Es que voy asustada porque la Catalina no esperaba su parto para tan luego. Tengo malos presentimientos: ¿oyes cómo aúllan los perros? Tras la tapia de un solar vecino partían insistentes aullidos, que un ecolejano reforzaba en una lúgubre armonía. Doña Magdalena y la mulata, golpeándose el pecho, empezaron a rezar apuradamente: Santa Ana parió a María, Santa Isabel a San Juan, Con estas cuatro palabras Los perros han de callar.

Santa Ana parió a María, Santa Isabela San Juan, Con estas cuatro palabras Los perros han de callar. Santa Ana parió a María, Santa Isabela San Juan, Con estas cuatropalabras Los perros han de callar. Los aullidos se iban alejando, pero no cesaban. —Cuidado —advertía el negro al manejar un farolito rojo—; hay un hoyo, sale una piedra. Bajo los pies de los caminantes, el suelo barroso relumbraba, con unas manchas redondas de reflejos cobrizos. Santa Ana parió a María, Santa Isabel a San Juan, Con estas cuatro palabras Los perros han de callar... Las voces de lasmujeres se hacían angustiadas: Santa Ana parió a María, Santa Isabela San Juan, Con estas cuatro palabras Los perros han de callar. De repente cesó el rezo y la marcha se detuvo. El farolito pintó, con su 1uz una ancha puerta de madera obscura, ricamente claveteada.

sobre los hombros el rebozo que cubría su cabeza; luego, adelantando el puño en la noche, hizo un gesto amenazador hacia losperros invisibles. —¡Ah, perros! —dijo irritada—. Y para más, hoy es martes... Al lado de una enorme cuja adornada con ricos bordados carmesí, una cuna acogedora hace de nido mecedor para la niña recién nacida. La criaturita no aprecia la blandura del lecho: se agita y pequeños gritos quejumbrosos salen de su boca. Parece presentir el sufrimiento que aguarda a tantos, a casi todos, en este valle delágrimas. —Que alguien se ocupe de la niña —manda doña Magdalena, que está ensayando ensalmos eficaces para salvar a Catalina. Su madre, doña Agueda Flores, la ayuda en esta tarea, junto con la Josefa, cuya jeta violácea, al murmurar los exorcismos, se alarga como una trompa. La negra da la impresión de andar torcida, y es que su hombro derecho, ligeramente salido, levanta una línea angulosa en elconjunto redondeado de su cuerpo bajito, blando y sebóso. La habitación está envuelta en un aire irrespirable por causa del sahumerio, sin el cual las palabras del conjuro perderían parte de su virtud. A pesar de esta humareda y de llevar las tres mujeres más de media hora en los ritos necesarios, la Josefa pretende que se oye siempre el aleteo del “chonchón”. Para espantarlo, se agita en unatropellado ajetreo; y sus senos, henchidos y colgantes, se sacuden, desparramados, sobre el grueso vientre, mientras sus manos rechonchas dibujan en el aire las musarañas cabalísticas. Doña Águeda y doña Magdalena continúan cruzando los brazos.

en forma de aspas, sobre el pecho, y se persignan, como es obligación, después de recitar el infalible conjuro: San Cipriano va p’arriba, San Cipriano va p’albajo, San Cipriano va p’al cerro, San Cipriano va p ‘abajo. Al cabo de un momento, la Josefa se detuvo: sacó del bolsillo un enorme pañuelo, que esparció olor a tabaco, y se secó el sudor de la cara. Luego se acercó, insinuante, a doña Magdalena y despacito le dijo: —No siga, mi amita, es inútil; hay “contra” que no se puede vencer; ya le diré después por qué. Sus miradas caen, precipitadas, a...
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