La telaraña

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La telaraña
Agatha Christie

Traducción de Sonia Tapia

1
Copplestone Court, la elegante casa de campo del siglo XVIII de Henry y Clarissa Hailsham-Brown, erigida entre las suaves colinas de Kent, era hermosa incluso en un atardecer lluvioso de marzo. En el salón de la planta baja, con su mobiliario de buen gusto y sus cristaleras al jardín, se encontraban dos hombres junto a una consola enla cual había una bandeja con tres copas de oporto, cada una numerada con una etiqueta adhesiva: una, dos, tres. Sobre la mesa se veía también lápiz y papel.
Sir Rowland Delahaye, un hombre de aspecto distinguido de poco más de cincuenta años, de modales encantadores y cultivados, se sentó en el brazo de una cómoda butaca y dejó que su compañero le vendara los ojos. Hugo Birch, un sesentón demodales algo bruscos, le puso a continuación en la mano una de las copas de la mesa. Sir Rowland bebió un sorbo, reflexionó un instante y dijo:
—Yo diría que... Sí, definitivamente es el Dow del cuarenta y dos.
Hugo dejó la copa en la mesa.
—Dow del cuarenta y dos —murmuró, tomando nota en el papel.
Sir Rowland probó la segunda copa. Aguardó un momento, tomó otro sorbo y asintió con la cabeza.—Ah, sí —afirmó convencido—. Es un oporto exquisito. No hay duda alguna. —añadió después de un tercer trago—: Cockburn del veintisiete.
Devolvió la copa a Hugo y prosiguió:
—Sólo a Clarissa se le ocurre malgastar una botella de Cockburn del veintisiete en un experimento tan tonto como este. Es un auténtico sacrilegio. Claro que las mujeres no entienden de oporto.
Hugo anotó su veredicto en elpapel y le ofreció la tercera copa. Sir Rowland reaccionó de inmediato tras el primer sorbo.
—¡Aj! —exclamó asqueado—. Vino Ruby de clase oporto. No me explico cómo Clarissa tiene en casa una cosa así. Bueno, tu turno.
Hugo se quitó sus anteojos de montura de carey y dejó que sir Rowland le vendara los ojos.
—Supongo que emplea el oporto barato para hacer estofado de liebre o enriquecer las sopas—apuntó—. No concibo que Henry le permita ofrecerlo a los invitados.
—Ya está —Sir Rowland terminó de atar la venda—. Quizá debería darte tres vueltas, como en el juego de la gallina ciega —añadió mientras guiaba a Hugo hasta la butaca.
—Eh, con cuidado —protestó su amigo.
—¿Listo?
—Sí.
—Entonces cambiaré el orden de las copas —anunció sir Rowland.
—No hace falta. ¿Crees que voy a dejarmeinfluir por tus opiniones? Soy tan buen catador de oporto como tú, amigo mío.
—No estés tan seguro. En cualquier caso, toda precaución es poca —insistió sir Rowland.
Justo cuando estaba a punto de ofrecer una copa a Hugo, entró en la sala desde el jardín el tercero de los invitados de los Hailsham-Brown. Jeremy Warrender, un atractivo joven de unos veinticinco años, se dirigió jadeando hacia elsofá.
—¿Qué demonios os traéis entre manos? —preguntó mientras se quitaba el impermeable y la chaqueta—. ¿Jugáis a los triles con copas?
—¿Qué ocurre? —quiso saber Hugo—. Parece que alguien haya metido un perro en la habitación.
—Es sólo el joven Warrender —le tranquilizó sir Rowland—. Compórtate.
—Ah, pues parecía un perro persiguiendo un conejo.
—He ido tres veces a la verja del refugio con elimpermeable encima —explicó Jeremy, dejándose caer en el sofá—. Por lo visto el ministro herzoslovaco lo hizo en cuatro minutos cincuenta y tres segundos, cargado con el peso de su impermeable. Yo sin embargo, por mucho que he corrido, no he podido bajar de los seis minutos diez segundos. Y tampoco me creo que él lo consiguiera. Sólo Chris Chataway sería capaz de lograr ese tiempo, con o sinimpermeable.
—¿Quién te ha dicho lo del ministro herzoslovaco?
—Clarissa.
—¡Clarissa! —exclamó sir Rowland con una risita.
—Clarissa... —resopló Hugo—. No deberías hacer ningún caso de lo que te diga Clarissa.
—Me temo que no conoces muy bien a tu anfitriona, Warrender —prosiguió sir Rowland—. Es una joven con una imaginación desbordante.
Jeremy se levantó.
—¿Me estás diciendo que se lo ha...
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