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Primera parte.

Al fin seguimos nuestro camino.

Cerca de la central eléctrica municipal nos topamos con Billyboy y sus cinco amigos. Ahora bien, en esos tiempos, hermanos míos, los grupos eran de cuatro o cinco: cuatro, un número cómodo para ir en auto; y seis, el límite máximo de una pandilla. A veces las pandillas se juntaban, formando ejércitos pequeños para la guerra nocturna,pero en general era mejor moverse por ahí con poca gente. Nada más que verle la cara gorda y sonriente a Billyboy me enfermaba, y siempre despedía ese olor de aceite muy rancio que se ha usado para freír una y otra vez -y olía así aunque estuviera vestido con sus mejores ropas, como ahora. Nos vieron al mismo tiempo que nosotros a ellos, y ahora nos medíamos en completo silencio. Esto sería la cosaverdadera y real, usaríamos el cuchillo, la cadena y la navaja, no sólo los puños y las botas. Billyboy y sus amigos interrumpieron lo que tenían entre manos, que era prepararse para hacerle algo a una llorosa y joven muchacha la que tenían allí, y que no pasaría de los diez años, y estaba gritando con la ropa todavía puesta. Billyboy la sostenía de una mano, y su lugarteniente Leo de la otra.Probablemente estaban en la parte de las palabras sucias, antes de iniciar un trozo pequeño de ultraviolencia. Cuando nos vieron llegar, soltaron a la pequeña muchacha lloriqueante -de donde ella venía había muchas más- y la chica corrió con las delgadas piernas blancas relampagueando en la oscuridad, siempre gritando oh oh oh. Yo dije, con una sonrisa amplia y amistosa:

-Bueno, que mecuelguen si no es ese gordo maloliente, el cabrón Billy y toda la porquería. ¿Cómo estás, botellón de aceite de cocina barato? Acércate, que te daré uno en los testículos, si es que los tienes, eunuco grasiento.

Y ahí nomás empezamos.

Como ya dije, éramos cuatro y ellos seis, pero aunque obtuso, el pobre y viejo Lerdo valía por tres de los otros cuando había que pelear sucio y fuerte. ElLerdo tenía una cadena verdaderamente buena, una cosa que le envolvía dos veces la cintura, y entonces la soltó y comenzó a revolearla de lo lindo en los ojos. Pete y Georgie tenían buenos y afilados cuchillos, y yo por mi parte llevaba una magnífica y antigua navaja, afilada y buena, que en ese tiempo en mis manos cortaba y relampagueaba con arte consumado. Y ahí estábamos peleando en la sombra, yla vieja luna con sus hombres acababa de aparecer, y las estrellas relucían como cuchillos que deseaban intervenir en la pelea. Al fin conseguí tajearle el frente de la ropa a uno de los amigos de Billyboy, un corte limpio que ni siquiera rozó el cuerpo bajo la tela. Así, en medio de la pelea este amigos de Billyboy de pronto se encontró abierto como la vaina de un guisante, la barriga desnuda ylos pobres y viejos testículos al aire, y como se vio así todo destrozado, agitaba los brazos y gritaba, de modo que descuidó la guardia, y el viejo Lerdo con su cadena hizo juisssss y le pegó justo en los ojos, y el amigo de Billyboy salió trastabillando y gritando como enloquecido. Nos estábamos arreglando muy bien, y poco después bajamos al número uno de Billyboy, enceguecido por un cadenazodel viejo Lerdo, y que se arrastraba y aullaba como un animal. Una buena patada en la cabeza lo sacó de la carrera.

Como siempre, de los cuatro fue el Lerdo el que salió con una apariencia más maltrecha, la cara toda ensangrentada y las ropas hechas un desastre, pero los demás estábamos frescos y compuestos. Yo quería alcanzarlo al gordo y maloliente Billyboy, y ahora bailoteaba con minavaja, como el barbero de un barco que navega en mar muy picado, y trataba de hacerle unos buenos tajos en la cara grasienta y sucia. Billyboy tenía un cuchillo largo, pero era un poco lento y pesado para lastimar seriamente a alguien. Hermanos míos, qué satisfacción valsar -izquierda dos tres, derecha dos tres- y un tajo en la mejilla izquierda, y otro en la derecha, y de pronto parece que bajan al...
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