Los epejos venecianos

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Joan Manuel Gisbert
LOS ESPEJOS VENECIANOS
EDELVIVES









UNA HABITACION SOMBRIA
El joven estudiante de letras Giovanni Conti llegó a Padua al atardecer de un domingo de marzo. Había hecho un largo y penoso viaje desde Nápoles, su ciudad natal, para asistir a un curso de documentación histórica impartido por el ilustre profesor Giacomo Amadio, maestro de cronistas y literatos.Corría el año de 1792.
Giovanni bajó del traqueteante carruaje molido por los bandazos que había soportado durante la marcha. El polvo del largo camino cubría sus ropas y su cara. Los ojos le escocían. Anduvo unos primeros pasos con dificultad.
Pero estaba eufórico. Esperaba mucho de las semanas que se avecinaban. Aún no podía imaginar que sus días en aquella ciudad pronto iban a verseafectados por circunstancias que le llevarían a olvidar el motivo inicial de su viaje.
Aunque caminaba con el cuerpo entumecido, y la bolsa de equipaje se le hacía más pesada a cada paso, quiso contemplar cuanto antes la universidad. Preguntó por ella a unos hombres que estaban en el umbral de una taberna. Quedaba muy a mano. Muy pronto la tuvo delante.
Por ser día festivo, el edificio universitarioestaba cerrado. Vio cómo el atardecer se adueñaba de su noble fachada, y, emocionado, pensó que allí transcurrirían sus jornadas hasta el verano.
Esperó a que la regia estampa se oscureciera tras las primeras sombras del ocaso. Luego, tomó de nuevo su equipaje y se orientó en busca de la hostería Veneciana. Tenía referencias de que, para los estudiantes llegados de otras ciudades, era el único lugaren Padua que ofrecía hospedaje a precio muy barato.
Estaba al final de una calleja. Más parecía un asilo o una cárcel que una hostería. Pero Giovanni no tenía posibilidad de elegir. En el zaguán había un mostrador destartalado. Tras él, un hombre apilaba paños raídos y mal doblados. Al ver a Giovanni, le dijo:
—Me imagino a lo que vienes. Llegas tarde.
Un tanto perplejo, el joven estudianteexplicó:
—Voy a seguir un curso en la universidad; necesito alojamiento.
—Aquí no lo encontrarás. La gente casi se sale por las ventanas de tan lleno como está.
—Aceptaría una habitación compartida. Con un rincón puedo apañarme.
—Ya hemos metido en todas partes más camas de las que caben. No entra ni una más.
Giovanni estaba desolado. Sus pocos recursos no le permitirían costearse unalojamiento más caro. Se le planteaba un problema difícil de resolver.
En aquel momento, alguien, desde dentro, llamó al hombre del mostrador. Éste, sin acabar la conversación, o dándola ya por terminada, desapareció tras una deshilachada cortina que colgaba al fondo.
Sin que Giovanni lo advirtiera, una mujer de edad, severamente vestida de oscuro, había presenciado la escena. Estaba sentada en un banco,lejos del mostrador. Sin hacer ruido, se puso en pie y se acercó al joven napolitano.
—Si lo que busca es una habitación donde alojarse —dijo ella con voz cautelosa, casi furtiva—, le ofrezco una mejor que la que pudiera haber encontrado aquí. No está muy lejos. Si quiere acompañarme, se la enseñaré. Es muy espaciosa y tranquila. No tengo más huéspedes.
Giovanni pensó que aquella proposiciónvenía a enmendar su mala suerte. Pero enseguida le preocupo el precio del hospedaje ofrecido. Y se lo manifestó a la señora:
—Mis recursos son escasos. No sé si podré afrontar el alquiler.
—No se preocupe, joven, me hago cargo. No le resultará más caro de lo que pueda pagar. ¿Quiere venir a ver el sitio? A nada se comprometerá por ello.
—Sí, claro —respondió el joven, gratamente sorprendido—. Se loagradezco mucho.
Recorrieron en silencio un complicado entramado de callejuelas. El lugar quedaba algo apartado, pero en Padua no había grandes distancias.
—Aquélla es la casa —anunció la señora, indicando un edificio sombrío que parecía insignificante en comparación con otro al que estaba adosado.
Tras abrir la puerta y franquearle la entrada a Giovanni, la señora tomó un candil que ardía...
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