Los tres mosqueteros final

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LOS TRES MOSQUETEROS- CAPITULO 3
El señor de Trévilln aquel momento de muy mal humor; sin embargo, saludó cortésmente al joven, que se inclinó hasta el suelo, y sonrió al recibir su cumplido, cuyo acento bearnés le recordó a la vez su juventud y su región, doble recuerdo que hace sonreír al hombre en todas las edades. Pero acordándose casi al punto de la antecámara y haciendo a D'Artagnan ungesto con la mano, como pa acababa de hacerles había dado sin duda nuevo alimento, hubo empezado de nuevo, cuando, al fin, el señor de Tréville hubo recorrido tres o cuatro veces, silencioso y fruncido el ceño, toda la longitud de su gabinete pasando cada vez entre Porthos y Aramis, rígidos y el rey sabe que sus mosqueteros son las personas más valientes de la tierra. Vuestra mano, Athos.
Y sinesperar a que el remococién venido respondiese por sí mismo a aquella prueba de afecto, al señor de Tréville cogía su mano derecha y se la apretaba con todas sus fuerzas sin darse cuenta de que Athos, cualquiera que fuese su dominio sobre sí mismo, dejaba escapar un gesto de dolor y palidecía aún más, cosa que habría podido creerse imposible.
La puerta había quedado entrearbierta, tanta sensaciónhabía causado la llegada de Athos, cuya herida, pese al secreto guardado, era conocida de todos. Un murmullo de satisfacción acogió las últimas palabras del capitán, y dos o tres cabezas, arrastradas por el entusiasmo, aparecieron por las aberturas de laa medias por el aspecto de aquellá fisonomía chispeante de ingenio astuto y de humildad afectada.
«Sé de sobra que es gascón - pensó-. Pero puedeserlo tanto para el cardenal como para mí. Veamos, probémosle.»
-Amigo mío - le dijo lentamente - quiero, como a hijo de mi viejo amigo (porque tengo por verdadera la historia de esa carta perdida), quiero - dijo-, para reparar la frialdad que habéis notado ante todo en mi recibimiento, descubriros los secretos de nuestra política. El rey y el cardenal son los mejores amigos del mundo: sus aparentesaltercados no son más que para engañar a los imbéciles. No pretendo que un compatriota, un buen caballero, un muchacho.El señor de Trévilln aquel momento de muy mal humor; sin embargo, saludó cortésmente al joven, que se inclinó hasta el suelo, y sonrió al recibir su cumplido, cuyo acento bearnés le recordó a la vez su juventud y su región, doble recuerdo que hace sonreír al hombre en todas lasedades. Pero acordándose casi al punto de la antecámara y haciendo a D'Artagnan un gesto con la mano, como pa acababa de hacerles había dado sin duda nuevo alimento, hubo empezado de nuevo, cuando, al fin, el señor de Tréville hubo recorrido tres o cuatro veces, silencioso y fruncido el ceño, toda la longitud de su gabinete pasando cada vez entre Porthos y Aramis, rígidos y el rey sabe que susmosqueteros son las personas más valientes de la tierra. Vuestra mano, Athos.
Y sin esperar a que el remococién venido respondiese por sí mismo a aquella prueba de afecto, al señor de Tréville cogía su mano derecha y se la apretaba con todas sus fuerzas sin darse cuenta de que Athos, cualquiera que fuese su dominio sobre sí mismo, dejaba escapar un gesto de dolor y palidecía aún más, cosa que habríapodido creerse imposible.
La puerta había quedado entrearbierta, tanta sensación había causado la llegada de Athos, cuya herida, pese al secreto guardado, era conocida de todos. Un murmullo de satisfacción acogió las últimas palabras del capitán, y dos o tres cabezas, arrastradas por el entusiasmo, aparecieron por las aberturas de laa medias por el aspecto de aquellá fisonomía chispeante deingenio astuto y de humildad afectada.
«Sé de sobra que es gascón - pensó-. Pero puede serlo tanto para el cardenal como para mí. Veamos, probémosle.»
-Amigo mío - le dijo lentamente - quiero, como a hijo de mi viejo amigo (porque tengo por verdadera la historia de esa carta perdida), quiero - dijo-, para reparar la frialdad que habéis notado ante todo en mi recibimiento, descubriros los secretos...
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