Mademoiselle fifí

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Guy de Maupassant
(Francia, 1850—1893)

Mademoiselle Fifí

El teniente coronel, comandante prusiano, conde de Farlsberg, acababa de leer su correo, arrellanado en un amplio sillón de tapiz, y sus botas sobre el refinado mármol de la chimenea, donde sus espuelas, después de tres meses que tomaron el castillo de Uville, habían trazado dos surcos profundos, horadando un poco más cadadía.
Una taza de café humeante sobre una mesita de marquetería manchado por los licores, quemado por los cigarros, rayado por el cortaplumas del oficial conquistador que, algunas veces, después de afilar un lápiz, trazaba sobre el mueble delicado unos signos o unos dibujos, según la fantasía de sus sueños irreflexivos.
Cuando terminó sus cartas y hojeó los periódicosalemanes que su cartero le había traído, se levantó, y, luego de tirar al fuego tres o cuatro enormes leños verdes, ya que estos señores arrasaban poco a poco el parque para calefaccionarse, se acercó a la ventana.
La lluvia caía en oleadas, una lluvia normanda que se diría que era lanzada por una mano furiosa, una lluvia al sesgo, espesa como una cortina, formando una suerte de muro derayas oblicuas, una lluvia punzante, mojadora, ahogándolo todo, una verdadera lluvia de los alrededores de Rouen, esa bacinica de Francia.
El oficial miró largo tiempo el césped inundado, y, al fondo, el Andelle crecido que desbordaba; y tamborileaba contra el vidrio un vals del Rhin, cuando un ruido le hizo volverse; era su segundo, el barón de Kelweingstein, que tenía el gradoequivalente de capitán.
El comandante era un gigante, de anchas espaldas, guarnecido de una larga barba en abanico formando un mantel sobre su pecho; y todo su continente solemne evocaba la idea de un pavo militar, un pavo que tuviera su cola desplegada en su mentón. Tenía ojos azules, fríos y gentiles, una mejilla cortada por un golpe de sable en la guerra de Austria; se decía que era unbuen hombre y un valiente oficial.
El capitán pequeño, de cara roja, con un vientre abultado fajado con fuerza, llevaba casi afeitada su barba rojiza, cuyos hilos de fuego harían creer, cuando se encontraba bajo ciertos reflejos, que su cara estaba frotada con fósforo. Dos dientes perdidos en una noche de farra, sin que se recordara cómo, hacían que escupiera unas palabras pringosasque no siempre se entendían; era calvo en la coronilla del cráneo solamente, tonsurado como un monje, con un vellón de pelitos, dorados y brillantes, alrededor de ese círculo de carne desnuda.
El comandante le dio la mano, se tomó de un trago su taza de café (la sexta en la mañana), escuchando el informe de su subordinado acerca de las novedades del servicio; luego ambos se aproximarona la ventana comentando que eso no era agradable. El comandante era un hombre tranquilo, casado en su tierra, se acomodaba a todo; pero el barón capitán, vividor tenaz, mujeriego, frenético perseguidor de mujeres, rabiaba de estar confinado por tres meses en la castidad obligatoria de esa guarnición perdida.
Como llamaron a la puerta, el comandante gritó que entraran,;era un hombre,uno de los soldados bajo su mando. Se asomó en el vano, anunciando con su sola presencia que el almuerzo estaba servido.
En la sala se encontraban los tres oficiales de menor grado: un teniente Otto de Grossing; dos subtenientes, Fritz Scheunabourg y el marqués Wilhem d´Eyrik, un rubiecito fiero y brutal con los hombres, duro con los vencidos, y violento como un arma de fuego.Después de su entrada a Francia, sus camaradas le llamaban solamente Mademoiselle Fifí. Este sobrenombre le venía de su coquetería, de su talle delgado que se diría hecho por un corsé, por su cara pálida donde su naciente bigote aparecía apenas, y también de su costumbre que había adquirido, para expresar su soberano desprecio por los seres y las cosas, de emplear siempre la expresión...
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