Mi ciudad rota

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MI CIUDAD ROTA
Por Agustín Monsreal

Un teléfono, por favor, un teléfono, para preguntar cómo están, para decir nosotros
estamos bien, para tratar de saber qué pasó, qué tan peliagudo estuvo el asunto; un teléfono, por lo que más quieran, un minutito nada más, sólo un minutito; pero todas las líneas se han quedado mudas, inservibles, ni con los vecinos, ni en la paletería de la esquina, ni enla carnicería, ningún teléfono funciona, nos quedamos pérfidamente incomunicados, y acalambrados todavía, desfigurados de pies a cabeza por eso que creímos era el fin del mundo, ahora sí, el final de todas las cosas por nuestras malas acciones, nuestra constelación de pecados, nuestros recónditos oprobios; un teléfono, insistimos, rogamos, para quitarnos los ahogos de la preocupación, parasacarnos la perplejidad de encima, y empezamos a recorrer las calles lisiadas, descuajaringadas de la colonia, tropezándonos y reflejándonos en multitud de rostros que se muestran como desvencijados y sombríos, como idiotizados, como espeluznados; todo a cada paso se convierte en gestos y ademanes ávidos, en rogaciones y lloros; han pasado sólo unos cuantos momentos luego de la zozobra (el crujidero deparedes, el chirriar
de ventanas, el zangoloteo de lámparas, el desparramadero de objetos, los rezos, las maldiciones, el pánico: ora sí, esta vez sí nos llevó el chamuco entre las patas) y ya el tránsito se halla insensata, abrumadora, maltrechamente congestionado, aunque en esta ciudad tan martirizada de tan muchedumbrosa, los embotellamientos son el pan achacoso de cada día; lo que no esnormal, lo que aumenta el susto, el temor, es la cantidad de ambulancias que de pronto comienzan a verse y a dejarse oír.
Atolondrados, confusos, y siempre en busca de un teléfono (ojalá no les haya
pasado nada, quiera Dios que estén a salvo), llegamos a la avenida Cuauhtémoc en el cruce con Obrero Mundial; en nuestro ríspido andar nos han erizado hasta el tuétano algunas bardas caídas, algún techoderruido, algunos cristales rotos; con los ánimos supliciados avanzamos como quien va a Coyoacán, el tránsito es una auténtica feria de locos y los chillidos destemplados de las ambulancias y el resuello de su trajinar frenético nos repletan los nervios de agujas; se ha suspendido el servicio del Metro, los caminantes nos arracimamos vana, desaliñadamente frente a la estación Etiopía; cara al sur,nos volvemos a mirar hacia la izquierda: Xola está cerrada, algo sucedió ahí, se divisa un espeso nubarrón de polvo rumbo a Vértiz; ¿qué hacemos?, ¿vamos a ver?; no, mejor vamos a regresarnos por Cuauhtémoc, quién quita y encontramos
un teléfono que sirva, y un restaurante para tomarnos un cafecito con leche, ¿no?; sí; y emprendemos la vuelta con los ojos pelones, con las manos bien engarruñadas,con el estómago hecho una solidísima pelota de miedo porque somos muchos y muchos los que apretujamos las calles, urgenciados, angustiados; de seguro la mayoría ya no llegó a su trabajo, a la escuela, a su quehacer; lo mismito que ocurrió cuando el gran apagón de poquitos años atrás; los coches y camiones se rebosan de acongojados que los asaltan desproporcionada, patéticamente por la premura dearribar a su destino;
los conductores, no obstante su propio atolondramiento ante la insólita fractura de lo cotidiano, ni retoban ni respingan ni se ponen moños ni se hacen del rogar, órale, los que quepan y hasta más si se puede, uña y mugre contra la calamidad, claro que sí, trépense; y los policías banqueteros, los motociclistas y hasta los patrulleros parecen haber perdido su prepotente,chanchullera malignidad, y ayudan de a de veras a que el tránsito medio fluya.
En el cruce de Cuauhtémoc y Baja California, donde suele haber varios grupos
de trabajadores que se desloman apuradamente en obras nuevas del Metro, recibimos en seco el ardor de la primera bofetada, el primer estrujón de vísceras: dos edificios de departamentos, en donde comienza Tehuantepec, se hallan derribados,...
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