Operacion jesucristo

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EDITORIAL DIANA
MÉXICO

Si un hombre empieza con certidumbres,
acabará con dudas,
pero si se conforma con empezar con dudas,
acabará con certidumbres.

Francis Bacon

1

Me acomodé en el mullido terciopelo color ébano del espacioso asiento posterior de lalimusina Cadillac y verifiqué la hora en mi Omega. El recorrido hasta los Estudios Burbank de la NBC, de acuerdo con la gente de relaciones públicas que se encargaba de mi gira, se llevaría cuando menos cincuenta minutos en el tráfico del anochecer.

Éste era el punto culminante, grandioso y perfecto, de tres semanas de entrevistas para los periódicos, de presentaciones personales en la radio y latelevisión, como invitado en sus programas de entrevistas, y de fiestas para firmar autógrafos en las librerías de costa a costa. Si solamente hubiese sabido lo importante que sería esta noche en mi vida, quizá hubiera permanecido en mi habitación del Century Plaza, dándole doble vuelta a la cerradura y viendo la televisión en pijama.

—¿Alguna vez antes ha estado en el espectáculo de JohnnyCarson, señor Lawrence?

Sacudí la cabeza ante los inquisidores ojos color café que me miraban entrecerrados a través del lejano espejo retrovisor. Aun cuando me dirigía a mi presentación número sesenta y uno ante los medios publicitarios en el curso de veinte días, por primera vez me sentía tenso. Ya me las había arreglado para comportarme con cierta medida de aplomo en el espectáculo deDonahue, había charlado con Mery, bromeado con Snyder y aun estrechado la mano de Dinah, así que, ¿por qué ahora sentía mariposas en el estómago? Cerré los ojos tratando de descansar, con la esperanza de que el personal de las limusinas Tanner me hubiese enviado un chofer que no fuera conversador, pero no tuve esa suerte.

—He leído un buen número de sus libros, señor Lawrence.¡Extra-or-r-r-dinarios! A mi esposa y a mí nos fascinan.

—Es usted muy amable —respondí, antes de poder detenerme. Una acción refleja; sólo una frase que muchos autores emplean repetidas veces para agradecer los elogios vehementes y con frecuencia incómodos que les prodigan sus admiradores. Jamás me había dado cuenta de lo banales que resultan a veces esas palabras, hasta el día en que compartí una sesión deautógrafos con Erma Bombeck, y nos sorprendimos el uno al otro pronunciando la misma respuesta mientras firmábamos nuestras rúbricas tediosamente. A Erma el incidente le causó hilaridad, pero ambos decidimos que a partir de ese momento seríamos un poco más creativos en nuestra conducta humilde.

Mi chofer, con habilidad, hizo avanzar lentamente su carroza reluciente para abandonar la entradacircular del hotel, atestada de Mercedes, en dirección a la Avenida de las Estrellas.

—Usted debe ser un hombre sumamente inteligente, señor Lawrence. ¡Sí señor! ¡Todo un genio! No sé cómo puede inventar todos esos crímenes imposibles y después hacer que encajen todas las piezas. Nunca he podido llegar a saber quién es el asesino hasta no haber leído las últimas páginas. ¡Jamás! Su material estodavía mejor que esas antiguallas de Sherlock Holmes, ¡sí señor!

—Muchas gracias.

Incliné la cabeza hacia atrás cerrando nuevamente los ojos, cuidando de no cruzar las piernas y arrugar el traje de paño color café, de Calvin Klein, que mi esposa, Kitty, había insistido que llevara para el "Espectáculo de esta noche". ¿Sherlock Holmes, había dicho el hombre? Mientras nos deslizábamos sobrenuestros cojines radiales en dirección a Burbank, traté de mantener la mente apartada del espectáculo, intentando recordar los nombres de todos los maestros de las novelas de misterio con quienes me habían comparado durante mi gira. Los nombres de Rex Stout y Ágata Christie se habían mencionado a menudo, así como el de mi favorito, S. S. Van Diñe. El nombre de John Dickson Carr también había...
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