Profe, cuenta tu historia

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  • Publicado : 7 de septiembre de 2010
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Profe: ¡Cuente su historia!
Soy docente, comunicador social, y, desde hace más de 50 años, contador de historias

Mi primer maestro de narración fue Jesús María Andrade Soto. También era, por suerte, mi padre. Su profesión no era la de contar cuentos. Vendía muebles, en aquella época próspera para las mueblerías, cuando se estilaba que los novios compraran el juego completo de dormitorio, elde comedor, etc. Yo iba a visitarlo a su trabajo. Lo veía trabajar a través de los espejos de los roperos y tocadores. Decía, señalando el respaldo de una cama: “cuando ustedes se casen, cuando se acuesten por la noche, van a estar durmiendo al pie de un bosque de cedros.” Se refería a la fina lámina de marquetería que sacaban, efectivamente, del frondoso tallo de los cedros para elaborar losmuebles art deco. Su entusiasmo para vestir casas ajenas era irresistible. Aunque él terminaba su trabajo de vendedor el sábado al mediodía, sufría por el traqueteo de los muebles en el camión que los repartiría el sábado en la tarde.

Finalmente, acompañaba al chofer y los peones. Me invitaba a mí. Preciosas tardes de ver las frentes sudorosas, el intercambio de chistes, el eco de las voces en lacasa aun vacía. Mi papá recomendando el lugar para colgar el futuro retrato de los novios. Después nos convidaban a compartir la merienda. Y ahí me decían “qué lindo hoyuelo en tu cumbamba”, “qué calladito”, “muy educado el niño”. Delicado lugar el nuestro. El de mi padre y yo. Entusiastas, asomándonos a la felicidad de otros; discretos, soslayando la nuestra.

De aquellas tardes volvíamos conuna invitación al matrimonio. Y así, aunque fuera injusto para mi mamá y mis hermanos menores, nos convertimos en el departamento de relaciones públicas de la familia. Ibamos nosotros solos, con la promesa de regresar y contarlo todo. En la fiesta, él se movía con la gracia de un diplomático, con ese ángel que debe tener un hombre que vende bosquecitos de cedros. A la vuelta me decía: “Gustavito,cuéntalo tu.” Aunque mi público era incondicional, al final él me llevaba aparte y me decía: “Estuviste muy bien, cuando contaste lo de las cintitas de la torta. Ahora... como decirte, la próxima vez, no te rías en la parte más cómica. Y este dato que diste al principio, guárdalo hasta el final. Porque ahí tienes un as en la manga... ¿no te parece?”

Y me fue pareciendo...
...me fui pareciendo, aél.

Y así aprendí a reconocer, en las puertas de los muebles, bosquecitos de cedros. Y en cada relato ajeno, el as en la manga. Me pregunto si mi padre sabría que me estaba enseñando que el relato es la fuente originaria del aprendizaje, y también su suerte. Que me estaba legando una actividad inesperada.

Pero el placer de escuchar continuó también después, a lo largo de la escuela primariay secundaria, gracias a los maestros que se tomaron el tiempo de contarnos historias.

Por ejemplo, el cura Juan Jesús. Lo “tuve”, por suerte, en segundo y tercer grado. Vestía siempre la misma sotana, el de la Orden de los Claretianos. Un vestuario repetido tarde a tarde que, sin embargo, despertaba en mí tanta curiosidad y ofrecía continuamente novedades. Era misterioso desentrañar cuántatela había debajo de la sotana. ¿Tendrá pantalones o sólo los calzoncillos? Observar los nudos de los cordones negros que colgaban de la cintura, enredándose con las cuentas gruesas del rosario de madera. Advertir con hilaridad una media color café y la otra azul.

Porque hubo un momento, en que tomó la feliz decisión de contarnos el Antiguo Testamento en episodios, sin censura, o sea, que bajo elojo de Dios que todo lo veía, los hombres y mujeres del antiguo testamento se apedreaban, se emborrachaban, se enamoraban, fornicaban; y las mujeres, en lugar de dar a luz, “parían”.

Al final de cada episodio, cuando estábamos ya sin aliento, él giraba graciosamente para tomar el libro de asistencias diciendo: “Y mañana... continuará.”

Gracias a aquella versión apasionada, todo mi grado...
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