Santa evita tomas eloy martinez

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SANTA EVITA
TOMÁS ELOY MARTÍNEZ
Vintage Español
Una división de Random House, Inc.
Este libro fue publicado
por primera vez en 1995 en Argentina
por Editorial Planeta, Buenos Aires.
Impreso en los Estados Unidos de América
Santa Evita Tomás Eloy Martínez
3
Para Susana Rotker,
como todo.
Morir es un arte como cualquier otro.
Yo lo hago extremadamente bien.
SYLVIA PLATH, «LadyLazarus»,
Quiero asomarme al mundo
como quien se asoma a una colección de tarjetas postales.
EVITA DUARTE,
Entrevista en «Antena», 13 de julio de 1944
Santa Evita Tomás Eloy Martínez
4
1
MI VIDA ES DE USTEDES
Al despertar de un desmayo que duró más de tres días, Evita tuvo al fin la certeza de que iba
a morir. Se le habían disipado ya las atroces punzadas en el vientre y el cuerpo estaba denuevo
limpio, a solas consigo mismo, en una beatitud sin tiempo y sin lugar. Sólo la idea de la muerte
no le dejaba de doler. Lo peor de la muerte no era que sucediera. Lo peor de la muerte era la
blancura, el vacío, la soledad del otro lado: el cuerpo huyendo como un caballo al galope.
Aunque los médicos no cesaban de repetirle que la anemia retrocedía y que en un mes o
menos recobraría lasalud, apenas le quedaban fuerzas para abrir los ojos. No podía levantarse de
la cama por más que concentrara sus energías en los codos y en los talones, y hasta el ligero
esfuerzo de recostarse sobre un lado u otro para aliviar el dolor la dejaba sin aliento.
No parecía la misma persona que había llegado a Buenos Aires en 1935 con una mano atrás
y otra adelante, y que actuaba en teatrosdesahuciados por una paga de café con leche. Era
entonces nada o menos que nada: un gorrión de lavadero, un caramelo mordido, tan delgadita
que daba lástima. Se fue volviendo hermosa con la pasión, con la memoria y con la muerte. Se
tejió a sí misma una crisálida de belleza, fue empollándose reina, quién lo hubiera creído.
«Tenía el pelo negro cuando la conocí», dijo una de las actrices que le diorefugio. «Sus ojos
melancólicos miraban como despidiéndose: no se les veía el color. La nariz era un poco tosca,
medio pesadona, y los dientes algo salidos. Aunque lisa de pechera, su figura impresionaba bien.
No era de esas mujeres por las que se dan vuelta los hombres en la calle: caía simpática pero a
nadie le quitaba el sueño. Ahora, cuando me doy cuenta de lo alto que voló, me digo: ¿dóndeaprendió a manejar el poder esa pobre cosita frágil, cómo hizo para conseguir tanta desenvoltura
y facilidad de palabra, de dónde sacó la fuerza para tocar el corazón más dolorido de la gente?
¿Qué sueño le habrá caído dentro de los sueños, qué balido de cordero le habrá movido la sangre
para convertirla tan de la noche a la mañana en lo que fue: una reina?»
«Sería quizá el efecto de laenfermedad», dijo el maquillador de sus dos últimas películas.
«Antes, por más base y colores que le pusiéramos, a la legua se notaba que era una ordinaria, no
había forma de enseñarle a sentarse con gracia ni a manejar los cubiertos ni a comer con la boca
cerrada.
No habrían pasado cuatro años cuando volví a verla, ¿y qué te digo? Una diosa. Las
facciones se le habían embellecido tanto que exhalabaun aura de aristocracia y una delicadeza
de cuento de hadas. La miré fijo para ver qué milagroso retoque llevaba encima. Pero nada: tenía
los mismos dientes de conejo que no le dejaban cerrar los labios, los ojos medio redondos y nada
provocativos, y para colmo me pareció que estaba más narigona. El pelo, eso sí, era otro: tirante,
teñido de rubio, con un rodete sencillo. La belleza le crecíapor dentro sin pedir permiso.»
Nadie se daba cuenta de que la enfermedad la adelgazaba pero también la encogía. Como
le permitieron vestirse hasta el final con los piyamas del marido, Evita flotaba cada vez más
suelta en la inmensidad de aquellas telas. «¿No me encuentran hecha un jíbaro, un pigmeo?», les
decía a los ministros que rodeaban su cama. Ellos le contestaban con alabanzas: «No...
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