Sleepy hollow

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  • Publicado : 28 de enero de 2011
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El acusado, Kabuo Miyamoto, se sentaba erguido, en actitud orgullosa, con una elegancia inexpresiva, las palmas levemente apoyadas en la mesa. Su postura era la de quien se ha distanciado en la medida de lo posible del juicio al que se ve sometido. Algún miembro del público diría más adelante que su inmovilidad sugería desdén hacia el proceso. Otros estaban seguros de que ocultaba el temor alpróximo veredicto. Fuera como fuese, el semblante de Kabuo no revelaba nada, ni siquiera parpadeaba. Vestía camisa blanca abotonada hasta el cuello y pantalones grises bien planchados. Su figura, sobre todo el cuello y los hombros, daba la impresión de un vigor físico innegable, tenía un porte preciso, incluso majestuoso. Los rasgos de Kabuo eran suaves y angulosos. Llevaba el cabello muy corto, de unamanera que resaltaba su musculatura. Enfrentado a la acusación de que era objeto, permanecía sentado con sus ojos oscuros mirando al frente, y en absoluto parecía emocionado. Todos los asientos de la galería pública estaban ocupados, pero en la sala de justicia no daba la menor sensación de reinar la atmósfera festiva que a veces invade los juicios por asesinato en las zonas rurales. De hecho,los ochenta y cinco ciudadanos allí reunidos estaban extrañamente callados y contemplativos. La mayoría de ellos había conocido a Carl Heine, un pescador de salmón con redes rastreras verticales, un hombre que tenía esposa y tres hijos y que ahora estaba enterrado en el cementerio luterano en la colina de Indian Knob. La mayoría de ellos se había vestido con el mismo decoro colectivo del que hacíangala los do-

mingos cuando asistían a los servicios religiosos, y como la sala de justicia, por severa que fuese, reflejaba para ellos la dignidad de sus templos, se comportaban con la misma solemnidad que cuando estaban en la iglesia. La sala de justicia, presidida por el juez Llewellyn Fielding, se hallaba en el extremo de un húmedo corredor con corrientes de aire, en la tercera planta delpalacio de justicia del condado isleño; era una sala pequeña y estaba deteriorada, una habitación sencilla y de tonalidad grisácea, con la galería estrecha, el asiento del juez, el estrado de los testigos, una plataforma de madera contrachapada para el jurado y mesas llenas de rasguños para el acusado y el fiscal. Los jurados, sus caras intencionadamente impasibles, estaban allí sentados y seesforzaban por comprender cuanto se decía. Los hombres (dos granjeros, un contable, dos carpinteros, uno de ellos de ribera, un tendero y un marinero de goleta dedicada a la pesca del fletán) vestían todos chaqueta y corbata. En cuanto a las mujeres, todas iban ataviadas como los domingos: una camarera retirada, la secretaria de un aserradero, las mujeres de dos pescadores, visiblemente nerviosas. Unapeluquera las acompañaba como jurado suplente. A petición del juez Fielding, el alguacil, Ed Soames, había subido la potencia de los perezosos radiadores de vapor, los cuales suspiraban de vez en cuando en los cuatro rincones de la sala. Con el calor que producían (un bochorno húmedo y despótico) el olor a moho agrio parecía alzarse de todas las cosas.

Aquella mañana se veía caer la nieve al otrolado de las ventanas de la sala, unas ventanas estrechas y rematadas en arco, de metro veinte de altura y con cristales emplomados que filtraban gran parte de la débil luz decembrina. La brisa marina lanzaba la nieve contra los cristales, donde se fundía y resbalaban hacia los marcos. Más allá de la sala de justicia, el pueblo de Puerto Amity se extendía a lo largo de la costa isleña. Unas pocasmansiones victorianas, decrépitas y azotadas por el viento, restos de una era perdida de optimismo marinero, se alzaban en la nieve sobre las dispersas colinas en las que se asentaba la población. Más allá de aquellas mansiones, los cedros entretejían una empinada alfombra de verdor inmóvil. La nieve difuminaba los contornos de aquellas colinas llenas de cedros. La brisa marina dirigía los copos...
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