Sobre guatemala

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  • Publicado : 23 de marzo de 2011
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La Llorona
Cuando más pegados a la falda de la madre estaban, nuevamente el grito se escuchó, en las inmediaciones del potrero de Corona. “Es ella”, —decían las buenas ancianas, que santiguándose, escondían a los patojos y hacían cruces de ceniza en el suelo de la pieza. El grito ahora nuevamente, se escuchaba más cerca y más cerca y posteriormente, más lejos, como en dirección a la pedrera. Elgrito terrorífico era complementado por el silbar del viento y el aullar de los perros de las vecindades.
— Menos mal que ya se fue la condenada. Ojalá no regrese jamás…
Cuando dijo la última palabra, doña Chabela somató con el puño la mesa y por poco lanza al suelo la veladora que le tenían puesta a San Judas Tadeo.
 — ¡No es lo que te digo pues! Lo muy menos alguna desgracia va a pasar,porque la llorona ya está fregando nuevamente— esto lo decía la otra anciana que temblando del miedo, aún sostenía un Cristo en la mano.
A la mañana siguiente en todo el Callejón del Judío, no se hablaba de otra cosa; el tema de La Llorona era la comidilla del día. Unos inventaban más de la cuenta y hasta llegaban a manifestar que les había tocado la puerta y que en la pilona de su casa tan colonial,como en el Cerrito del Carmen, había buscando con sus gritos destemplados, a su hijo Juan de la Cruz.
— ¿Dónde estás Juan de la Cruz? ¡Ayayay! ¿Dónde estás Juan de la Cruz?
El grito se perdía todas noches en el potrero de Corona, y se alejaba para volver en breves momentos.
Los patojos del puro miedo dormían amontonados, y no soltaban el vestido amplio de la abuela, que los ponía a rezar elRosario. Mientras en el espacio, el grito clásico y tradicional, sonaba fúnebre y aterrador. El único que no creía en tamañas tonteras era el zapatero remendón del barrio, don Pancho quien atribuía el grito a un pájaro nocturno.
— No, don Pancho, no hay que creer ni dejar de creer… — le decía doña Chabela, cuando hacía los comentarios de lo acontecido la noche anterior, pero el zapatero, siempre ensus trece, no cedía ni un momento en sus teorías de que el grito era un pájaro nocturno.
Las noticias del aparecimiento de La Llorona por los linderos del Cerrito del Carmen, cundieron por toda la ciudad y algunos vecinos llegaron hasta desocupar sus cuartos para irse a vivir a otro lado.
 
Cuando la noche iba cayendo con su manto enlutado, los temerosos vecinos se disponían a descansar. En elsolitario Callejón del Judío, sólo el pito destemplado del policía se escuchaba en la otra cuadra. De vez en cuando se saludaban con los ronderos que también cumplían la misión de “velar por el orden”.
Con los naipes en la mesa, en medio del cuartucho, oloroso a cuervos viejos, el zapatero platicaba con uno de los guapos del barrio de la Recolección, que jugaba con él una partida. 
—Ve vos, yocreo que mejor te vas porque no tarda en salir La Llorona —dijo burlonamente don Pancho al compañero. El humo de los cigarrillos subía verticalmente y se estrellaba en el cielo de manta pintado con cal. A cada movimiento que el viejo hacía, la cama rechinaba como quejándose del peso que cargaba.
Al filo de la media noche terminaron de jugar a los naipes. Don Pancho invitó al joven amigo a tomaruna taza de café calientito y aromático, don Pancho seguía gastándole bromas al amigo y éste sentenciosamente le contestaba:
— ¡No hay que jugar con fuego, ni escupir al cielo!
La carcajada del zapatero resonó como un latigazo burlón, que asustó a los patojos de la vecindad que ya se habían dormido. Los gallos tristemente cantaban a lo lejos y los gatos en brama, hacían lo suyo en los tejados,mientras alguien les lanzaba agua hirviendo para que dejaran de estar haciendo burla. 
Llegaron al clímax las bromas del zapatero, que el amigo le apostó, a que él, solitario después de las doce de la noche no pasaba por el Cerrito del Carmen, mucho menos por las inmediaciones del Potrero de Corona.
— ¿Qué apostamos? — dijo el zapatero, aceptando el reto y lanzando un escupitajo que aplastó con...
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