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CRONICAS MARCIANAS
A mi mujer Marguerite con todo cariño

• EL VERANO DEL COHETE
Un minuto antes era invierno en Ohio; las puertas y las ventanas estaban cerradas, la
escarcha empañaba los vidrios, el hielo adornaba los bordes de los techos, los niños
esquiaban en las laderas; las mujeres, envueltas enabrigos de piel, caminaban
torpemente por las calles heladas como grandes osos negros.
Y de pronto, una larga ola de calor atravesó el pueblo; una marea de aire tórrido, como
si alguien hubiera abierto de par en par la puerta de un horno. El calor latió entre las
casas, los arbustos, los niños. El hielo se desprendió de los techos, se quebró, y empezó
a fundirse. Las puertas se abrieron; lasventanas se levantaron; los niños se quitaron las
ropas de lana; las mujeres se despojaron de sus disfraces de osos; la nieve se derritió,
descubriendo los viejos y verdes prados del último verano.
El verano del cohete. Las palabras corrieron de boca en boca por las casas abiertas y
ventiladas. El verano del cohete. El caluroso aire desértico alteró los dibujos de la
escarcha en los vidrios,borrando la obra de arte. Esquíes y trineos fueron de pronto
inútiles. La nieve, que venía de los cielos helados, llegaba al suelo como una lluvia cálida.
El verano del cohete. La gente se asomaba a los porches húmedos y observaba el cielo,
cada vez más rojo. El cohete, instalado en su plataforma, lanzaba rosadas nubes de
fuego y calor. El cohete, de pie en la fría mañana de invierno, engendrabael estío con el
aliento de sus poderosos escapes. El cohete creaba el buen tiempo, y durante unos
instantes fue verano en la Tierra...
• YLLA
Tenían en el planeta Marte, a orillas de un mar seco, una casa de columnas de cristal,
y todas las mañanas se podía ver a la señora K mientras comía la fruta dorada que
brotaba de las paredes de cristal, o mientras limpiaba la casacon puñados de un polvo
magnético que recogía la suciedad y luego se dispersaba en el viento cálido. A la tarde,
cuando el mar fósil yacía inmóvil y tibio, y las viñas se erguían tiesamente en los patios, y
en el distante y recogido pueblito marciano nadie salía a la calle, se podía ver al señor K
en su cuarto, que leía un libro de metal con jeroglíficos en relieve, sobre los que pasabasuavemente la mano como quien toca el arpa. Y del libro, al contacto de los dedos, surgía
un canto, una voz antigua y suave que hablaba del tiempo en que el mar bañaba las
costas con vapores rojos y los hombres lanzaban al combate nubes de insectos metálicos
y arañas eléctricas.
El señor K y su mujer vivían desde hacía ya veinte años a orillas del mar muerto, en la
misma casa en que habían vividosus antepasados, y que giraba y seguía el curso del sol,
como una flor, desde hacía diez siglos.
El señor K y su mujer no eran viejos. Tenían la tez clara, un poco parda, de casi todos
los marcianos; los ojos amarillos y rasgados, las voces suaves y musicales.
En otro tiempo habían pintado cuadros con fuego químico, habían nadado en los
canales, cuando corría por ellos el licor verde de lasviñas y habían hablado hasta el
amanecer, bajo los azules retratos fosforescentes, en la sala de las conversaciones.
Ahora no eran felices.
Aquella mañana, la señora K, de pie entre las columnas, escuchaba el hervor de las
arenas del desierto, que se fundían en una cera amarilla, y parecían fluir hacia el
horizonte.
Algo iba a suceder.
La señora K esperaba.
Miraba el cielo azul deMarte, como si en cualquier momento pudiera encogerse
ontraerse, y arrojar sobre la arena algo resplandeciente y maravilloso.
Nada ocurría.
Cansada de esperar, avanzó entre las húmedas columnas. Una lluvia suave brotaba d
os acanalados capiteles, caía suavemente sobre ella y refrescaba el aire abrasador. E
stos días calurosos, pasear entre las columnas era como pasear por un arroyo. Uno
escos...
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