Alfonso reyes

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  • Publicado : 19 de agosto de 2012
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El dos de agosto de 1914 estalló la guerra franco-alemana. Casi simultáneamente, Reyes fue destituido, como todos los diplomáticos mexicanos en el extranjero. En septiembre, se refugió con su esposa e hijito en San Sebastián donde se encontraba su hermano Rodolfo. En la cercana ciudad de Fuenterrabía se hallaba Ángel Zárraga, recién llegado de un Montparnasse vaciado por la guerra de sus artistasy aficionados.

Día de campo con Enrique Díez-Canedo, principios de los años cuarenta.
El 8 de octubre, el poeta y el pintor, sentados en la dura madera de un vagón de tercera, salieron para asaltar Madrid. El día mismo de su llegada, Ángel lo presentó a Enrique Díez-Canedo, el crítico más culto de su generación. También lo introdujo cerca de Valle-Inclán, Juan Ramón Jiménez... y al seno delAteneo, tribuna brillante de cultura y libertad.
Así, en poco tiempo, trató Alfonso con la crema de aquella época tan rica de las letras y artes españolas. A poco integraría el grupo de ilustres historiadores dirigido por Menéndez Pidal. Todos querían ayudarlo: le proponían ediciones eruditas que necesitaban meses y meses de investigaciones. Mientras tanto, el hijo del general Reyes compartía conZárraga los cuartitos más oscuros de las posadas más modestas de Madrid. De aquellos meses difíciles databa la amistad fraternal que los unió para siempre. Vivían «en pleno Lazarillo». Le dijeron a Alfonso que vivir de su pluma en Madrid era como levantar una silla con los dientes.
Más tarde llegarían Diego Rivera y Angelina Beloff, con el escultor Jacques Lipchitz y la pintora María GutiérrezBlanchard. La guerra los había sorprendido en Mallorca... Venían casi sin dinero. Se instalaron cerca de los Reyes —entre tanto había llegado doña Manuela con Alfonsito—, en un lejano suburbio. Su vecino era un simpático albañil. Así observaba Reyes la vida de los descendientes de los personajes populares inmortalizados por Goya... «Diego y yo éramos muy camaradas, contaría Reyes. Nos unían la luchay la pobreza». Alfonso adoraba «la bravura» del pintor: le parecía que Diego «mordía, al pintar, la materia misma» —quizá el mejor elogio que recibió Rivera—. Seguían sus pláticas con la «excelente» Angelina Beloff, viéndola pintar. También Reyes se hizo muy amigo de Lipchitz, gran artista venido del norte de Europa. Casi se veían a diario. En cuanto a la santanderina María Gutiérrez Blanchard,era una pintora, según Reyes, «de extraordinario vigor», mas era denostada por sus defectos físicos. A poco volvería a Francia. Cambió de lengua y de nombre y en adelante se llamó Marie Blanchard. Llegó a ser una figura notable de la Escuela de París.
También en Madrid estaba Jesús Acevedo, otro fundador del Ateneo de la Juventud. Señalado conocedor de poesía francesa, arquitecto, pintor, finodibujante, recién casado y también sin blanca. Entonces Alfonso y Diego recorrieron las galerías matritenses para vender los bellos trazos de Acevedo que él no se atrevía a proponer... ¡Cuán provechoso resultaría para la cultura y el juicio artístico de Reyes el vivir, durante meses, en esta intimidad cotidiana con artistas de tal alcance, visitar con ellos los tesoros de los museos de Madrid, verloscrear sus obras, conocer por ellos la vida y el estado del mercado del arte! Al poco tiempo, Rivera organizó una exposición cubista ambicionando renovar el gusto del tradicionalista público español. «Por milagro no provocó un motín. ¡Dioses! ¿Por qué no lo provocó? ¡Nosotros lo deseábamos tanto!», exclamó Reyes, tomando su pluma para defender a Diego «ante la incomprensión de algunoscriticastros». En este ensayo inolvidable, «El derecho a la locura», forjó la parábola de «la hija novelera»... En una familia «burguesa y amiga del encierro», nace una hija aficionada al teatro: «¡Oh ráfaga salutífera, oh aire fresco! La hija les salió novelera. El golpe del viento ha abierto de pronto la ventana». Y aconseja «el valor de la locura», verbigracia, al volver a casa romper dos o tres jarros...
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