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Por Diego Marín Contreras

Almirante: quién sabe qué golpe de ola de tu destino te trajo a las espumosas costas del Nuevo Mundo, aquella madrugada del 12 de octubre de 1492, cuando Rodrigo de Triana, cuenta la leyenda, gritó: “¡Tierra!”, desde su puesto de vigía en La Pinta, una de las tres carabelas. Quién sabe qué gaviotas exiliadas de tu infancia genovesa te trazaron en los sueños el mapa deuna historia que ya estaba escrita en las letras de tu nombre, Cristóbal Colón: Cristo y colonización.

Quién sabe, almirante-niño, qué barquitos de papel, navegando en las profundas aguas de tu inconsciente mediterráneo, te llevaron de Italia a Portugal, de Portugal a España, de España a nuestra América, a nuestro turbulento inconsciente que golpea el malecón de la memoria, una y otra vez,para recordarnos quiénes somos y de dónde venimos.

Han pasado más de quinientos años y, más allá de los horrores del genocidio sistemático a que fueron sometidos nuestros ancestros indígenas, que se entregaron al invasor cuando han podido derrotarlo sin mayor esfuerzo; más allá del vano intento de exterminar unas civilizaciones precolombinas, mucho más sofisticadas y exquisitas que suscontemporáneas europeas, cuyas ciudades milenarias eran verdaderas maquetas del Universo –Tenochtitlán es mucho más bella que Madrid, escribió el mismísimo Hernán Cortés en una de sus cartas a Carlos V–, culturas que hoy están más vivas que nunca, Almirante, irrigando como poderosos ríos subterráneos el corazón mismo de nuestro destino colectivo como raza definitiva y cósmica –ahí están, intactas y puras,como una semilla, las profecías mayas, como todos sabemos–. Más allá de todo eso permanece tu figura emblemática de ser humano que vivió a la altura de su sueño.

Como hiciste constar en tu Diario de Navegación, escrito por un hombre de cuarenta años, te maravilló el paisaje primigenio del Nuevo Mundo. Te asombró la desnudez de los cuerpos, así como su belleza, y de pronto creíste que habíasllegado al Paraíso Terrenal.

Notaste que era gente de buenos modales, amable e ingenua, y dijiste a tus hombres que era mejor tratarlos “con amor y no con fuerza”. Y viste la mar, el atardecer dorado, los alcatraces cayendo en picada vertiginosa; y viste una nave inexplicable surgiendo de las aguas, y sirenas como las vio Ulises, y te viste a ti mismo, Cristophoro, literalmente “portador de Cristo”,en el espejo trémulo de las aguas.

Eras un hombre universal, un renacentista con los ojos abiertos al Cosmos. Eras un lector infatigable, que subrayaba las páginas de sus libros amados. Conocías los mapas de Toscanelli y, por supuesto, habías leído traducciones de los manuscritos del gran Eratóstenes de Alejandría, quien no solo había afirmado, mil años antes que tú, que la Tierra era redonda,sino que además calculó su diámetro en unos cuarenta mil precisos kilómetros, con la elegancia de un poeta matemático.

Colombo –de colomba, paloma en tu italiano natal–, Almirante, tú, con cuyo apellido fue bautizada nuestra patria, Colombia, volaste con tu imaginación como un ave que ha equivocado el rumbo. Y moriste convencido de que habías llegado a Japón, a Cipango, en los dominios delGran Khan, porque eras, como todos, un hijo de tu época.

El miedo y la culpa católica también hicieron mella en tu estatura de héroe, de corajudo aventurero que se le midió a la mar ignota sin más armas tecnológicas que una brújula y un sextante, solitario capitán de la sobrecogedora noche marítima. También les temías a los terribles monstruos que podrían aguardarte allende el océano.

Tambiénmaltrataste a esos indios que te causaron veneración a la primera mirada, también abusaste de su ingenuidad con espejitos y vidrios de colores: tu codicia enlodó el oro de tu sueño. Y por eso, porque Isabel de Castilla era mujer, y las mujeres se han preocupado más que los hombres por preservar la vida a lo largo de la historia, Su Católica Majestad ordenó que te llevaran encadenado a España en...
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