America

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  • Publicado : 22 de noviembre de 2011
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Franz Kafka
América
Índice
1. El fogonero
2. El tío
3. Una quinta en las afueras de Nueva York
4. Camino a Ramsés
5. Hotel Occidental
6. El caso Robinsón
7. Un asilo
Del servicio en casa de Brunelda
La mudanza de Brunelda
8. El gran Teatro integral de Oklahoma



1. El fogonero

Cuando Karl Rossmann -muchacho de dieciséisaños de edad a quien sus pobres padres enviaban a América por¬que lo había seducido una sirvienta que luego tuvo de él un hijo- entraba en el puerto de Nueva York a bordo de ese va¬por que ya había aminorado su marcha, vio de pronto la es-tatua de la diosa de la Libertad, que desde hacía rato venía observando, como si ahora estuviese iluminada por un rayo de sol más intenso. Su brazo con laespada se irguió como con un renovado movimiento, y en torno a su figura soplaron los aires libres.
« ¡Qué alta!», se dijo, y como ni siquiera se le ocurría reti¬rarse, la creciente multitud de los mozos de cuerda que jun¬to a él desfilaba fue desplazándolo, poco a poco, hasta la borda.
Un joven con el cual había trabado fugaz relación duran¬te la travesía le dijo al pasar:
-Pero, ¿no tiene ustedganas de bajar?
-Claro que sí; ya estoy pronto -dijo Karl, riéndose al mi¬rarlo; y lleno de alegría, alzó su baúl y lo cargó sobre un hombro, pues era un muchacho fuerte. Pero al seguir con la vista a ese desconocido suyo que agitando ligeramente su bastón ya se alejaba con los demás, notó consternado que había olvidado su propio paraguas abajo, en el interior del barco. Sin demora, rogó a suconocido -quien no pareció alegrarse mucho- que aguardara un instante junto a su baúl; recorrió con una mirada el lugar para poder encon¬trarlo a su regreso, y se alejó presuroso.
Abajo, se sorprendió desagradablemente al ver que el pa¬sillo que hubiera acortado en forma considerable su cami¬no estaba condenado -cosa que probablemente se relacio¬naba con el desembarco de la totalidad de lospasajeros-, y así tuvo que buscar penosamente, a través de corredores que doblaban sin cesar y de un cuarto vacío donde había un escritorio abandonado, escaleras que se sucedían sin fin unas a otras, hasta que terminó por extraviarse completa¬mente, pues sólo en una o dos oportunidades había toma¬do por ese camino, y siempre acompañado de otras perso¬nas. En su desconcierto, y además porque no topaba conningún ser humano, y porque sólo oía incesantemente el arrastrarse de los mil pies humanos por encima de su cabe¬za, y percibía, a lo lejos, como un apagado jadeo, las últimas operaciones de las máquinas ya paradas, se puso a golpear, sin pensarlo, en una puertecilla cualquiera, junto a la cual se había detenido de pronto, interrumpiendo su andar errátil.
-Pero si está abierto -oyóse una voz desdeadentro; y Karl, con verdadero alivio, abrió la puerta.
-¿Por qué golpea la puerta como un loco? -preguntó un hombre gigantesco, dirigiéndole a Karl apenas una mirada. Por una claraboya, una luz turbia que llegaba ya muy gasta¬da desde arriba, caía en el mísero camarote, donde muy apretujados, como estibados, había una cama, un ropero, una silla y el hombre.
-Me he extraviado -dijo Karl-;durante el viaje no me di cuenta, pero es el caso que éste es un barco tremendamente grande.
-Sí, en eso tiene usted razón -dijo con cierto orgullo el hombre, sin cesar de manipular con la cerradura de un pe¬queño baúl, a la que apretaba con ambas manos, una y otra vez, tratando de escuchar el ruido del pestillo al cerrarse.
-¡Pero entre usted de una vez! -siguió diciendo el hom¬bre-, ¡no querrá ustedquedarse afuera!
-¿No molesto? -preguntó Karl.
-¡Oh, cómo va a molestar usted!
-¿Es usted alemán? -intentó todavía asegurarse Karl, pues había oído muchas cosas acerca de los peligros que en América amenazan a los recién llegados, sobre todo de par¬te de los irlandeses.
-Lo soy, sí; lo soy -dijo el hombre.
Karl vacilaba todavía. Pero entonces, de improviso cogió el hombre el picaporte, y...
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