Antología narrativa iv medios

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¡Buenos días! Hoy es martes, mayo 12, 2009 y son las 11:50 am
Antonio Skármeta
(Antofagasta, Chile, 1940 -)

Nupcias

      Hacía mucho calor en el tren subterráneo, y el joven, ubicado bajo el único ventilador que funcionaba, había cruzado los brazos tras la cintura y simulaba estar leyendo un cartón comercial. La muchacha, incrédula, sólo después de un prolongado momento se animóa hablar.
      —Devuélvame el zapato —dijo en voz baja.
      El joven le concedió una veloz ojeada, frunció el entrecejo, abrió las piernas para conservar la estabilidad, y muy circunspecto volvió a su lectura.
      Por favor —dijo la muchacha un poco más fuerte— tenga la bondad de devolverme el zapato.
      Es realmente una belleza —pensó el joven—. Sime habla una vez más entreabriendo esos labios, enterraré mis dedos en su pelo, le remeceré la cabeza, la ‘besaré y dormiré’—una siesta apoyado en sus senos. ¿Qué zapato?
      — ¿Cómo que qué zapato? ¡Mi zapato! ¿Qué se ha imaginado?
      “Dios me asista, pensó, O la soledad me ha desquiciado y estoy delirando, o estoy realmente enamorado—, de esta mujer.”      —No sé de qué me habla, señora —replicó.
      — ¡Está bien claro de qué le hablo! — protestó, golpeando con el pie descalzo el suelo del tren—. Le hablo de una cosa que se llama zapato, de una cosa de cuero que se pone en los pies y que sirve para caminar. ¡De eso le estoy hablando!
      “Dios me asista —se dijo el joven—. ¿Cómo es posible que la ame con tantas ‘ansias?”      — ¡En fin! exclamó.
      — ¡Mi zapato! devuélvame mi zapato, jovenzuelo.
      Sin que ella —lo notara, introdujo el zapato en el bolsillo posterior del pantalón, se le acercó, y una vez a su lado se restregó las manos y luego se las contempló como diciendo nada por aquí nada por allá, y después las elevó pidiendo al altísimo resignación. A continuación se rascó la cabeza, y, entanto ella lo miraba hacer con una boca de este tamaño, se arrodilló y, tomándole el pie entre las manos, se dio en estudiarlo sin afectación y con sincera seriedad.
      —Veamos cuál es su problema —Dijo, mientras manipulaba el pie en todas direcciones, con una suerte de gestos mecánicos al comienzo, que lentamente los fue suavizando hasta convertirlos en caricias. Acercó los labios alos dedos y estuvo a punto de besarlos, pero se contuvo y suspiró hondamente su olor.
      Protégeme, ángel mío, —pensó en ese momento—. Si me falla el lenguaje o cometo una imprudencia, ella se irá para siempre. Haz que sea amable, seductor e inteligente. No me abandones, angelito de mierda. Deja que el inglés me brote, se me derrame con gracia entre los dientes, que coja el ritmo delos sonetos de Shakespeare, que Albert Finney me envidie, que no me patee el rostro con este pedazo de sol que tengo entre mis manos.”
      Entonces, disimulando el temor, alzó la mirada y se la clavó un momento en los ojos y sonrió un poco, aunque desesperadamente, tratando de decírselo, pero, ella no —le sonrió en cambio, a pesar de que se adelantó hacia él y con un movimiento, que lepareció una ráfaga de aire tibio y celeste, pasó involuntariamente los dedos sobre el cabello de él, apenas rozándolo. El muchacho descifró el gesto como una caricia, de allí que debió haberse puesto a llorar. Pero no derramó, ni una sola lágrima, aunque, se le humedecieron los ojos, aunque aspiró fuerte todo lo que tenía en las narices, tragándoselo.
      —Dios me asista —murmuró—. Hede saber su nombre. Antes de cogerle el rostro y presionar mis pulgares contra sus mejillas, he de saber su nombre.
      Se limpió los ojos con la punta de la falda escocesa de la muchacha, y absorto continuó considerando el pie descalzo, presa de un surtido de emociones.
      —El asunto es simple —dijo después de un rato—. Es evidente que lo que a usted le...
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