Benbazu

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BENBAZU.
AUTOR: NAGA.
La reina del mercadito. Informal por supuesto. El único donde la seguridad brillaba por su ausencia y donde aparecía un rostro que, de haberlo visto, Dante hubiera personificado al cuidador del mismo infierno. El primer puesto de venta, el de la misma entrada, lo primero que veía la gente al entrar: Doña Marucia.
Esta morocha, negra como la más terrorífica noche, eradigna descendiente de otra personificación demoniaca: La Bruja Mati quien, se rumoreaba, podía mandar al panteón a cualquier parroquiano que tuviera la osadía de dudar de sus poderes mágicos. Y solo tenía que rociarle disimuladamente agua de las mágicas lagunas de la Huacachina (hoy cualquier mortal puede matar de la misma manera). Por este y otros tantos poderes como amarres, adivinación ymaledicencia, tenía tantos admiradores como gente a la que jamás se le ocurriría acercársele a menos que tuviera un enemigo feroz al que quisiera en las tierras del más allá. Como siempre suele sucederle a las buenas personas, aparentemente algún desdichado hechizo contrario hizo que un pesado camión perdiera los frenos y terminara con los días de nuestra moderna pitonisa y dejara el puesto del negocio asu única hija: Marucia.
La niña, que a los 15 años ya tenía medidas que cualquier luchador profesional desearía tener, heredó el puesto número uno del mercadillo “Sarita Colonia”, lugar conocido simplemente como “La Santería” donde algún turista mexicano muy observador, al ver a semejante dueña, sugirió que, allí existiría una dulce morada para su compatriota “ El Santo”.
Los años ibanpasando y se notó luego, que Marucia, había heredado menos cualidades para la brujería que cualquiera de las vendedoras de mate de los alrededores y poco a poco, la clientela disminuyó y la pobre comenzó a dedicarse a actividades diversas, entre ellas, vender caramelos en los microbuses. No hubiera pasado de una anécdota sino fuera porque al subir a uno de estos buses, en el Centro de Lima, vio comoun morochito, de cerca de metro cincuenta, cajonista él, luego de hacer su rutina y pedir la correspondiente propina, trataba de abrirse paso a través de los pasajeros del bus, cajón en mano, hasta terminar estrellando contra las lunas delanteras, que al contacto se rajaron formando una figura que semejaba telas de araña, el armatoste de madera, llamado en algunos extraños lugares del mundo,instrumento musical, en otros, ataúd sonoro, en otros simplemente, caja. El chofer y el ayudante no regateaban en arteras patadas e improperios de todo calibre para el pobre Ballumbrosio, que, de alguna manera, intentaba excusarse sin resultados positivos, hasta que surgió de la nada una imponente figura femenina (realmente imponente) que de un par de manos bien colocadas dejaba fuera de combatea los vengativos transportistas y a salvo a un negrito agradecido que para pagar su deuda de vida pasó la siguiente mitad del año, en el puesto, la cama y la mente de nuestra brujita.
Los meses pasaron y debido al tamaño de nuestra amiga, recién por los dolores proferidos desde su puestito, las comadres del mercado supieron que iba a ser mamá. Por supuesto que desde entonces nadie vio niescucho ningún cajón peruano cerca.
El pequeño, fue bautizado desde siempre como Bembezú, por la bemba y porque algún piadoso cristiano sugirió que así debía ser Belcebú si es que acaso, fue un ángel de color rebelde ante un Apartheid celestial.
Bembezú era tan parecido a su madre que se suponía heredaría las dotes mágicas de la Abuela Mati, pero, ¡Horror! No podía adivinar siquiera su apellidomaterno. Era, sin embargo, el niño de los ojos de Doña Marucia, que, hacía de todo para evitar que su pequeño cayera en las garras de los dueños del barrio. Avezados delincuentes que tenían bajo adoctrinamiento a toda la juventud de la cuadra, los que, religiosamente, los sábados a las once pasada la merienda (11:00 p.m.), defendían cada uno a su respectivo padrino en peleas sin fin, donde...
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