Cronika

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ALTARES DE LA COLMENA
La Colmena es una senda llagada, remecida por hedores de lascivia. Durante las horas de oscuridad, jaurías masculinas recorren sus veredas, inundando el aire de lisuras rociadas de salivazos. Han llegado hasta aquí en busca de carne femenina. Sus ánimos rebullen de impaciencia. Palpitan de morbo ante la proximidad del solaz de sus hormonas.
La avenida que décadas atráslució plena de tiendas y cafés, hoy vive abundante de prostitución, ladrones, policías impertérritos, ambulantes hundidos en el mutismo y, sobre todo, de hombres dispuestos a desfogar su lujuria.
En las puertas de los locales que flanquean La Colmena, robustos guachimanes los invitan a pasar:
- ¡Luca la barra! ¡A sol la barra! ¡Chicas calatitas, peladitas!
Como explican estos pregones, la entradaa la mayoría de estos lugares cuesta un Nuevo Sol. Hay otros que exigen dos Soles, como La Gruta, el único local fuera de La Colmena, ubicado en la intersección de Tacna y jirón Quilca. Los sitios más caros exigen comprar una cerveza de cinco Soles.
Hordas de jóvenes trasponen las puertas ataviados con gorritas, polos deportivos, bermudas alargadas en exceso. También lo hacen soldados y exsoldados, reconocibles por sus moldes atléticos y cráneos a medio pelar. Los clientes se diseminan en el ambiente, abordando a las chicas semidesnudas, tocándolas.
Mantos de luz biliosa adensan los racimos de cuerpos que merodean y se apoyan en las paredes. Las figuras femeninas surgen entre la bruma con cadencias sensuales. Ellas usan babydolls, minifaldas, tops, tangas, tacos ruidosos que lesconfieren mayor presencia. Sus rostros maquillados en exceso destilan aromas, como auras que jamás decaen en el transcurso de la jornada.
Cuando no están trabajando, dormitan en sillones penumbrosos, ocultando la voluptuosidad de la carne con casacas o mantas. El vaho de sus perfumes se fusiona con el sudor axilar, el aliento beodo y los torrentes de vómito de la clientela, creando una tufarada que seimpregna en el pellejo y en la memoria.
A diferencia de los negros guachimanes, los mozos poseen moldes andinos y anatomías escuálidas. Se acercan a los clientes que aguardan sentados a las mesas, les ofrecen jarras de chela o cuba libre. En las refrigeradoras, aparte de las cervezas de marcas tradicionales como Pilsen y Cristal, pululan otras de nombres desconocidos. Es el caso de Pasqueña, cuyaetiqueta presenta los colores de la bandera peruana y un glacial circundado de espigas. La cebada se impregna con potencia en el paladar, el gas rebulle en las entrañas, la malteada y el agua se asemejan a un sabroso huayco derramándose en el esófago.
Los clientes sentados a las mesas beben y reciben en sus piernas a las chicas, sonríen, les hablan al oído. Algunos se ponen de pie y las invitan abailar. Ellas siempre acceden. Ellos les atenazan las nalgas, les besan los cuellos, las bocas. Los clientes sin dinero para comprar trago se ubican en las sillas que rodean la barra, en espera del espectáculo.
En el sigilo de su borrachera, el único estudiante universitario del lugar piensa, de repente, en las frases más lúcidas de su vida: “Nosotros, los que tenemos plata, nunca sufrimos. Nosla llevamos fácil. No tuvimos que pelear contra Sendero ni contra los monos en el Cenepa. Fueron chiquillos pobres convertidos a la fuerza en soldados los que se sacrificaron por nuestra pereza y cobardía. Cachaquitos como los que están aquí, tocando y mirando las mismas carnes que yo.”
Apenas termina de diseñar esa reflexión, percibe que una chica se aproxima. Es algo adiposa; su trasero esturgente y generoso, anda asfixiado por una minifalda color limón. Sus senos se remecen con el avance, rebosando en el blanco sostén. Su rostro selvático, trigueño, destila seguridad, la esperanza del frenesí. Sin consultar, se sienta en las piernas del estudiante y le da un beso en la mejilla derecha. Él la toma de la cintura con las dos manos; palpa su espalda desnuda, le toca los muslos con...
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