Cuatro amores

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EMILIANO. —Las siete de la tarde; y entré aquí a las doce y media... Hoy es cuando me echan a mí del noble Cuerpo de Carteros, Peatones y Similares, recientemente constituido. Pierdo el empleo como mi abuelo perdió el pelo y mi padre perdió a mi abuelo. Pero yo no me voy de aquí sin que me firmen el certificado y sin enterarme de lo que ocurre en estacasa.
(Dentro, en la derecha, se oyen unos ayes lastimeros.
Emiliano se levanta sin querer, sobresaltado, y en
seguida vuelve a sentarse.) Otra vez los ayes... Seis horas y media
de ayes. He llegado a pensar si estarán asesinando a un orfeón... Por
otro lado, la casa parece honorable, y al mismo tiempo esto de que
sus habitantes no me hagan caso... (Por la izquierda sale Catalina,
quees una doncella de servicio de la casa. Emiliano se levanta con
ánimo de hablarle y de que le atienda.) Joven... Chis... Joven...
(Catalina cruza la escena sin hacer caso, hablando sola,
preocupadísima.)
CATALINA. —¡Válgame Dios!... ¡Válgame Dios!... ¡Válgame la
Santísima Virgen!...
EMILIANO. —Me hace usted el favor, joven, que estoy aquí desde las
doce y media, porque traigo uncertificado para don Ricardo
Cifuentes...
(Catalina ni le mira siquiera.)
CATALINA. —¡Válgame el Redentor!...
(Catalina se va por el foro, como si Emiliano no existiera en el
mundo. Emiliano queda en la puerta del foro con la palabra en la
boca. Por la derecha sale entonces Adela, una muchacha de unos 1
veinticinco años, muy bonita; lleva traje de calley la capotita puesta.
Está tan preocupada como Catalina y se va en dirección a la
izquierda, hablando sola también. Emiliano, en cuanto la ve, intenta,
naturalmente, entablar el diálogo.)
EMILIANO. —Tenga la bondad, señorita, que estoy aquí desde las doce
y media, porque traigo un certificado para don Ricardo Cifuentes...
ADELA. —¡ Dios mío de mi alma!... ¡Dios mío de mi corazón!...(Han llegado a la izquierda, y Adela hace mutis por aquel lado, sin
atender a Emiliano y dándole materialmente con la puerta en las narices. Entonces, por el foro, vuelve a salir Catalina, esta vez en dirección a la derecha. Emiliano echa a correr hacia ella.)
EMILIANO. —Joven... Joven... Joven... Chis... Oiga, joven...
(Catalina se va por la derecha, cerrando la puerta tras sí. En el
mismoinstante, por la izquierda, sale nuevamente Adela, en
compañía de Luisa, que es un ama de llaves de unos cincuenta años,
hablando entre sí, siempre muy preocupadas, y en dirección a la
derecha. Emiliano se lanza en el acto a abordarlas con la misma falta
de éxito de siempre.)
LUISA. —Todo, señorita Adela; todo... Hemos hecho todo lo que se
podía hacer...
EMILIANO. —Señoras... ¿Tienenla bondad, señoras?
(Las sigue.)
ADELA. —¿Y avisaron a la señorita Valentina? ¿Y a doña Hortensia?
(Andando rápidamente hacia la derecha.)
LUISA. —Sí. Ha ido José en el coche. Ya no puede tardar.
EMILIANO. —(Andando, como siempre, al lado de ellas.) Señoras,
hagan el favor, que estoy aquí desde las doce y media, porque
traigo... (Han llegado los tres a la derecha, y Adela y Luisase van
hablando entre sí, sin contestar a Emiliano.) Nada, no hay manera.
(Por el foro, procedente de la calle, entra María, otra doncella al
servicio de la casa, cargada de paquetes, jadeando por una larga
carrera y más preocupada, si cabe, que las demás. Emiliano se
esperanza al verla.) ¡Hombre, la que abrió la puerta esta mañana!
(Va hacia ella.) Joven...
MARÍA. —(Que iba haciala derecha, deteniéndose.) ¡Hola, buenas!
¡Loca vengo!... ¡Sin respiración vengo!... ¡ Sin saber por dónde piso
vengo!...
EMILIANO. —(Hablando para sí.) Esta se va a explicar.
MARÍA. —¡Vaya un día!... ¡Menudo día!... ¡Dios mío, qué día!
EMILIANO. —Mal día, ¿eh?
MARÍA. —¡Uf!... ¡Qué día! ¡¡Qué día!!... Pero y usted, ¿qué hace aquí
todo el día?
EMILIANO. —Pues ya lo ve usted;...
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