Doc. Erhuefer
El nuevo desorden de la ira
Pasiones guerreras y la paradoja de la intolerancia
José Carlos Castañeda
Heráclito pensaba que la guerra era el principio de todas las cosas. Hegel recordaba que el conflicto era el movimiento del devenir del espíritu. Para Hobbes, el estado de naturaleza humano sólo podía ser una guerra de todos contra todos. Este trío sospechaba del sentimiento de fraternidad y del amor al prójimo. Nunca hubiera confiado en la esperanza de extinguir la violencia de la sociedad. Ellos advertían que el amor tiene una pareja inseparable: el odio. ¿Acaso hay algo más humano que la guerra?
Hans Magnus Enzensberger acotó, con una mirada digna de naturalista, un pequeño comentario a esta radiografía escéptica de la condición humana: "Los animales luchan entre sí, pero no hacen la guerra. El ser humano es el único primate que se dedica a matar a sus congéneres de forma sistemática, a gran escala y con entusiasmo". En esta definición humanísima de la guerra sorprende una cualidad desconcertante: el entusiasmo por la guerra. ¿Por qué suscita entusiasmo la guerra? ¿De dónde proviene esa emoción que se complace en aniquilar al enemigo?
El miedo y la ira
El siglo XXI inicia sin respuestas para una pregunta urgente: ¿cómo moderar las pasiones guerreras? Durante siglos se creyó que la educación era el modo de erradicar la violencia y el fanatismo. Para los pensadores de la Ilustración del siglo XVIII, la razón primordial de la injusticia, la opresión y la miseria se encontraba en la ignorancia. Hoy se reconoce que la educación es un límite pero no es suficiente. El holocausto y las guerras étnicas en la antigua Yugoslavia son un ejemplo de que nadie vislumbra cómo mitigar la ira humana. "¿Con qué nos enfrentamos? ¿Qué está pasando para que el mundo parezca tan peligroso y caótico? ¿Quiénes son los nuevos arquitectos de la guerra...
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