El amor de mi vida

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El amor de mi vida

Erich Segal

Cuando el amor
es la música
de la vida...
solamente el amor
es capaz de hacer
cantar al corazón.

Uno

Primavera de 1978

La cita era en París. A todos aquellos de nosotros que logramos sobrevivir al primer interrogatorio inquisitorial y al riguroso programa de capacitación subsecuente, se nos recompensaría con enviarnos a África a arriesgarnuestras propias vidas con la esperanza de salvar otras. Era mi primer viaje fuera de Estados Unidos.
Nuestro vuelo llegó al amanecer. Tres mil metros abajo, la ciudad empezaba a despertar, como una mujer sensual que se sacude la languidez del sueño en las primeras luces de la mañana.
Dos horas más tarde, después de pasar la revisión de mi equipaje en la terminal aérea, subí por los escalones a grandessaltos y salí de la estación del metro en el corazón de Saint-Germain-des-Prés, que palpitaba con la música concreta del intenso tránsito matutino. Consulté nervioso el reloj: sólo faltaban quince minutos Revisé el mapa de la ciudad y calculé el tiempo. Después, corrí como loco el resto del camino hasta las oficinas centrales de Médecine Internationale, una reliquia arquitectónica anquilosada,que se ubicaba en la Rue des Saints-Pères.
Llegué sudoroso, pero a tiempo.
-Tome asiento, doctor Hiller -indicó con grave tono de voz François Pelletier, el irascible gran inquisidor, que era el doble idéntico de Don Quijote, incluyendo la barba rala. La única diferencia era la camisa que vestía, abierta casi hasta el ombligo. Además del cigarrillo que colgaba de los dedos huesudos.
Comocorrespondía, a su lado se encontraba un sujeto calvo parecido a Sancho Panza, que garabateaba en forma compulsiva en una libreta, y una mujer de nacionalidad holandesa, entrada en carnes, de treinta y tantos años de edad.
Desde el momento en que la entrevista comenzó, quedó de manifiesto que François abrigaba cierto resentimiento contra los estadounidenses y los consideraba responsables colectivamentede todo, desde los desperdicios nucleares hasta el colesterol alto. Me bombardeó con preguntas hostiles hasta el último detalle de cada aspecto de mi vida. Al principio, respondí con cortesía, pero cuando me di cuenta de que no tenía para cuándo acabar, empecé a replicar con sarcasmo. Por ejemplo, ¿por qué no había quemado mi tarjeta de reclutamiento para el servicio militar obligatorio durante laGuerra de Vietnam? Contesté Preguntando si él había hecho eso con la suya cuando los franceses combatían en ese país antes que nosotros.
Cambió el tema enseguida.
-Dígame, doctor Hiller, ¿sabe usted. dónde está Etiopía? Los otros tres estadounidenses que entrevisté creían que se localizaba en Sudamérica.
-Entonces no debe ni siquiera tomarlos en cuenta.
-Imagine por un momento que se encuentraen un ruinoso hospital de campaña en medio de las tierras salvajes de África, a muchos kilómetros de distancia de todo lo que hasta ahora usted ha conocido como civilización. ¿Cómo conservaría la cordura?
-Con Bach -respondí sin parpadear.
-¿Cómo?
-Johann Sebastian o, para el caso, cualquiera de sus parientes.
-Ah, sí. Deduzco por su currículum que usted es todo un músico. Por desgracia, nohay pianos en nuestras clínicas.
-No hay problema. Soy capaz de tocar en la mente y entretenerme igual. Tengo un teclado de práctica que llevaré conmigo. No hace ningún ruido. Además, mantendré ágiles los dedos mientras la música conserva mi alma en forma.
Por primera vez esa mañana, me pareció haber producido un corto circuito en la corriente eléctrica de antagonismo.
-Vaya -reflexionó-.Todavía no pierde el control.
-Parece decepcionado.
François me envolvió con su mirada y luego preguntó:
-¿Qué piensa de la suciedad? ¿El hambre? ¿Qué tal las enfermedades atroces?
-Pasé un año en las peores condiciones, por lo que creo que puedo soportar cualquier horror imaginable.
-¿Lepra? ¿Viruela?
-Reconozco que no he visto ningún caso de esas enfermedades. ¿Está tratando de desanimarme?...
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