El capellan de monjas

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11. PRÓLOGO DEL CAPELLÁN DE MONJAS
Basta, señor -exclamó el caballero-. Con lo que nos has relatado ya tenemos de sobra. Para mucha gente, un poco de desgracia ya es suficiente.
A mí, sin duda alguna, me desagradan los relatos acerca de la caída de los poderosos y lo contrario me alegra: ver cómo un hombre de condición humilde asciende y prospera afincándose en la prosperidad. Estas cosascausan gozo y son las que deberían contarse.
-Sí -comentó el anfitrión-. Por las campanas de San Pablo, dices verdad. Este monje fanfarronea demasiado. Mencionó a la Fortuna vestida con manto de nube o cosa parecida. También nombró a la tragedia, como habéis escuchado. ¡Rediez! El llorar y lamentarse sobre lo acontecido no tiene remedio. También es penoso escuchar cosas tristes, tal como habéis dicho.Señor monje: basta. ¡Vaya usted con Dios! Vuestro relato molesta al grupo. No vale un comino: falta alegría y jolgorio. Por consiguiente, señor monje, don Pedro -que así se llamaba-, le ruego que nos cuente algo diferente. Si no hubiera sido por el tintineo de las campanillas que cuelgan de su brida hubiéramos todos caído al suelo dormidos, a pesar de que el barro es aquí muy profundo. Habríacontado en vano su historia, pues, como dicen los sabios, el carecer de auditorio no ayuda a narrar un cuento. Si alguien relata algo interesante, siempre capto el mensaje. Señor, díganos algo sobre caza, por favor.
-No -replicó el monje-. No tengo ganas de jugar. Demos oportunidad a otro.
Entonces el anfitrión, con lenguaje rudo y directo, se dirigió enseguida al capellán de monjas:
-¡Acérquese,señor cura, venga, acérquese, mosén Juan! Cuéntenos algo que alegre nuestro corazón. Anímese, aunque cabalgue sobre un jamelgo. ¿Qué importa que su montura sea pobre y escuálida? Si le va, no se preocupe. ¡Mantenga el corazón alegre! Allí está el meollo de la cuestión.
-Sí, sí, señor. Intentaré ser lo más alegre posible, pues, de otra forma, merecería vuestros reproches.
Al instante inició surelato.
Así habló a todos y cada uno de nosotros este dulce cura, este hombre de Dios, mosén Juan.
12. EL CUENTO DEL CAPELLÁN DE MONJAS
Una pobre viuda, algo entrada en años, vivía en una casita situada junto a una arboleda en un valle. Había llevado una vida muy sufrida Y sencilla, desde que dejó de ser esposa, pues tenía pocas propiedades e ingresos. Se mantenía ella y sus dos hijas, pasandocon lo que Dios les enviaba: poseía tres grandes marranas, no más, tres vacas y una oveja llamada Molí. La sala y el cenador donde ella despachaba sus frugales comidas estaban cubiertas de hollín. No tenía necesidad de salsas picantes, porque ningún alimento delicado llegaba a sus labios. Su dieta alimenticia corría pareja con su vivienda. Y, así, nunca cayó enferma por comer demasiado; una dietamoderada, ejercicio y un corazón satisfecho eran toda su medicina. Ninguna clase de gota le impedía bailar, ningún tipo de apoplejía le preocupaba; no bebía vino, ni blanco ni tinto. La mayor parte de los platos que se servían en su mesa eran blancos y negros: leche y pan moreno -alimentos que nunca le faltaban-, tocino frito y, algunas veces, uno o dos huevos; pues ella era lechera de poca monta.Tenía un patio vallado y rodeado de un foso seco por el exterior, en el que guardaba un gallo denominado Chantecler. Cantando no tenía rival en todo el país. Su voz era más dulce que la del órgano que sonaba en la iglesia los días de misa.
Su canto era más exacto que un reloj o el del campanario de la abadía. Sabía por instinto cada revolución de la línea equinoccial en aquella población, puescada quince grados, a la hora precisa, solía cantar matemáticamente. Su cresta era más roja que el mejor coral, y su perfil, almenado como el muro de un castillo. Su pico, negro, brillaba como el azabache; sus patas y dedos, de color azul celeste, y las uñas, más blancas que un lirio; sus plumas tenían el color del oro bruñido.
Este noble gallo tenía a su cargo siete gallinas para su goce; eran...
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