El caso 678: suceso argentino

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Revista Rolling Stone - 22.06.2010
El caso 678: suceso argentino
Entre el programa de archivo, el talk show mediático y la militancia en la era Facebook, Diego Gvirtz inventó un nuevo formato. Y desde el prime time del canal público, pelea la batalla por la información al ritmo de "La mierda oficialista"
Cabito Massa Alcantara, la masa, el integrante más pesado del panel de 678, se desplomasobre su asiento, apoya sus brazos de 25 kilos la unidad y suelta el llavero de su Peugeot sobre la mesa con forma de búmeran del programa más visto por la minoría politizada de la Argentina, unos quinientos mil espectadores. Van a hacerse las nueve de la noche. Una maquilladora se acerca a toquetearle las bolsas de los ojos, una productora le da un beso apurado en el moflete, un políticooficialista –el incombustible Negro Raimundi– le da la mano sin mirarlo a la cara y, una vez que el programa arranca, siguiendo fielmente sus expresiones desde atrás de las cámaras, pero a cinco metros, anotándolas, vamos a ver todo lo que la cámara no; y es que Cabito escucha, con parejo desinterés, baja la cabeza, con resignación, con hartazgo, con hambre; mira de reojo, con melancolía y amor al pasado;todo eso mientras, invisible a los ojos, inevitablemente, carbura asociaciones cómicas de ideas que articulen con la agenda temática del show. Tras cuarenta minutos de aire y de tensión íntima para ganarse el sope con un disparate, mientras sus compañeros le pasan la lija a Mauricio Macri después de un crudo informe enlatado, y cuando se asegura estar en cuadro, puede al fin decir lo suyo: "Y...Macri se puede ir a comer un asado a la India". Una línea que jarajajeó todo el ambiente, lo jarajajeó mal, con ese automatismo cabaretero y universal de la tevé Führer, compuesto de la condescendencia de sus compañeros de panel, la inocencia de la tribuna y la descarga rentada y diabólica de la célula de reidores de Pensado Para Televisión, la productora de Diego Gvirtz, el cráneo detrás delprograma que enloquece al Grupo Clarín, que paraliza, literalmente, la redacción del diario –según nos informan nuestros colegas desde allí, en directo por el gtalk– y que, por consiguiente, excita como un chimpancé a Néstor Kirchner cuando redondea un Ballantine’s en las rocas con el índice derecho después de cenar en el quincho de Olivos; como les pasa a tantos, a tantos más, al menos a cientos demiles de argentinos a los que Clarín hizo juntar odio durante muchos años por acomodar los temas de la conversación pública a sus intereses corporativos. El viernes de abril que estuvimos allí, en el Estudio Uno de Canal 7, Cabito, la gran masa del pueblo, no dijo más, cayó y calló. Con el final del programa inició su ceremonia de elevación de la silla giratoria, enganchó el llavero del rodado en undedo y peregrinó, con sus tiempos, a la oficina de maquillaje para que le retirasen con una toallita húmeda el polvo de maíz de los cachetes y el antiojeras de lanolina. O sea, resumiendo, salió de su casa, manejó, destruyó moléculas de oxígeno a lo pavote, para, al cabo de unas cuatro horas –¡al cabito!– decir sólo una línea decorativa que ayudó a aniquilar a un opositor por un tema sobre el queel panelista no tuvo posibilidad de formar opinión. Así es la televisión y así es la libertad de expresión: cualquier cosa, pero... cualquier cosa.
Así es un momento de 678. Elegido al azar. Al que se le puede hundir el cuchillo y hacerlo sangrar. Porque visto de cerca, compañeros, inspeccionado con una herramienta entrenada, un ojo hijo de puta, todo en esta vida puede ser una monstruosidad.Por un procedimiento así es que el periodismo es un oficio siniestro, porque al mirar en detalle cómo se hacen las salchichas, los gabinetes de ministros o los shows de televisión, el cronista se sorprende y dice: "¡Eh, loco, las hacen con tripas!", clavando un nubarrón por encima del objeto de estudio, llamémoslo de esa manera, y que al final no se entienda nada. Al respecto, 678, nuestro caso,...
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