El cumpleaños de la infanta

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Oscar Wilde

El cumpleaños de la infanta

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Oscar Wilde

El cumpleaños de la infanta
Era aquel día el cumpleaños de la infanta. Cumplía los doce años, y el sol brillaba con
esplendor en los jardines del palacio.
Aunque realmente era princesa y era la infanta de España, sólo tenía un cumpleaños
cada año,exactamente como los hijos de la gente muy pobre; así, era cosa de grande
importancia para todo el país que la infanta tuviera un gran día en tales ocasiones. Y aquel
día era magnífico en verdad.
Los altos y rayados tulipanes se erguían sobre los tallos,
como en largo desfile militar, y miraban, retadores, a las rosas, diciéndoles: «Somos tan
espléndidos como vosotras.» Las mariposas purpúreasrevoloteaban, llenas de polvo de oro
las alas, visitando a las flores una por una; los lagartos salían de entre las grietas del muro y
se calentaban al sol; las granadas se cuarteaban y entreabrían con el calor, y se veía
sangrante su corazón rojo. Hasta los pálidos lines amarillos, que colgaban en profusión de
las carcomidas espalderas, y a lo largo de las arcadas oscuras, parecían haber robadomayor
viveza de color a la maravillosa luz solar, y las magnolias abrían sus grandes flores,
semejantes a globos de marfil, y llenaban el aire de dulce aroma enervante.
La princesita paseaba en la terraza con sus compañeros y jugaba al escondite entre los
jarrones de piedra y las viejas estatuas cubiertas de musgo. En los días ordinarios sólo se le
permitía jugar con niños de su propiaalcurnia, de manera que tenía que jugar sola; pero su
cumpleaños formaba excepción, y el rey había ordenado que invitara a sus amistades
preferidas para que jugaran con ella. Tenían los esbeltos niños españoles gracia majestuosa
de movimientos, los muchachos con sus sombreros de gran pluma y sus capas cortas
flotantes; las niñas recogiéndose la cola de los largos trajes de brocado y protegiéndoselos
ojos contra el sol con enormes abanicos negros y argentados. Pero la infanta era la más
graciosa de todas, la que iba vestida con mayor gusto, dentro de la moda algo incómoda de
aquel tiempo. Su traje era de raso gris, la falda y las anchas mangas de bullones estaban
bordadas con plata, el rígido corpiño adornado con hileras de perlas finas. Al andar, debajo
del traje surgían dos diminutoszapatitos con rosetas color de rosa. Rosa y perla era su gran
abanico de gasa, y en el cabello, que formaba una aureola de oro viejo en torno a su carita
pálida, llevaba una linda rosa blanca.
Desde una ventana del palacio los contemplaba el melancólico rey. Detrás de él se
hallaba en pie su hermano, don Pedro de Aragón, a quien odiaba; su confesor, el gran
inquisidor de Granada, se hallabasentado junto a él. Más triste que de costumbre estaba el
rey, porque al ver a la infanta saludando con infantil gravedad a los cortesanos reunidos, o
riéndose tras el abanico de la ceñuda duquesa de Alburquerque, que la acompañaba
siempre, pensaba en la joven reina, su madre, que poco tiempo antes -así le parecía aúnhabía llegado del alegre país de Francia, y se había marchitado entre elsombrío esplendor

de la corte española, muriendo seis meses después del nacimiento de su hija, antes de haber
visto florecer dos veces los almendros en el huerto, o de haber arrancado por segunda vez
los frutos de la vieja higuera nudosa que había en el centro del patio, cubierto ahora de
hierba. Tan grande había sido el amor que tuvo el rey a su esposa, que no permitió que la
tumba los separara.La reina fue embalsamada por un médico moro, a quien por tal servicio
le había sido perdonada la vida, condenada ya por el Santo Oficio, en juicio por herejía y
sospecha de prácticas mágicas; y el cuerpo yacía aún dentro del féretro, forrado de tapices,
en la capilla de mármol negro del palacio, tal como lo habían depositado allí los monjes
aquel ventoso día de marzo, doce años atrás. Una...
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