El desafio (cuento)

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EL DESAFÍO
Mario Vargas Llosa

E
stábamos bebiendo cerveza, como todos los sábados, cuando en la puerta del "Río Bar" apareció Leonidas; de inmediato notamos en su cara que ocurría algo. - ¿Qué pasa? - preguntó León. Leonidas arrastró una silla y se sentó junto a nosotros. - Me muero de sed. Le serví un vaso hasta el borde y la espuma rebalsó sobre la mesa. Leonidas sopló lentamente y sequedó mirando, pensativo, cómo estallaban las burbujas. Luego bebió de un trago hasta la última gota. - Justo va a pelear esta noche - dijo, con una voz rara. Quedamos callados un momento. León bebió, Briceño encendió un cigarrillo. - Me encargó que les avisara - agregó Leonidas. - Quiere que vayan. Finalmente, Briceño preguntó: - ¿Cómo fue? - Se encontraron esta tarde en Catacaos. - Leonidas limpió sufrente con la mano y fustigó el aire: unas gotas de sudor resbalaron de sus dedos al suelo. - Ya se imaginan lo demás... - Bueno - dijo León. Si tenían que pelear, mejor que sea así, con todas las de ley. No hay que alterarse tampoco. Justo sabe lo que hace. - Si - repitió Leonidas, con un aire ido.- Tal vez es mejor que sea así. Las botellas habían quedado vacías. Corría brisa y, unos momentosantes, habíamos dejado de escuchar a la banda del cuartel Grau que tocaba en la plaza. El puente estaba cubierto por la gente que regresaba de la retreta y las parejas que habían buscado la penumbra del malecón comenzaban, también, a abandonar sus escondites. Por la puerta del "Río Bar" pasaba mucha gente. Algunos entraban. Pronto, la terraza estuvo llena de hombres y mujeres que hablaban en vozalta y reían. - Son casi las nueve - dijo León.- Mejor nos vamos. Salimos. - Bueno, muchachos - dijo Leonidas. - Gracias por la cerveza. - ¿Va a ser en "La Balsa", ¿no? - preguntó Briceño. - Sí. A las once. Justo los esperará a las diez y media, aquí mismo. El viejo hizo un gesto de despedida y se alejó por la avenida Castilla. Vivía en las afueras, al comienzo del arenal, en un rancho solitario,que parecía custodiar la ciudad. Caminamos hacía la plaza. Estaba casi desierta. Junto al Hotel de Turistas, unos jóvenes discutían a gritos. Al pasar por su lado, descubrimos en medio de ellos a una muchacha que escuchaba sonriendo. Era bonita y parecía divertirse. - El Cojo lo va a matar - dijo, de pronto, Briceño. - Cállate - dijo León. Nos separamos en la esquina de la iglesia. Caminérápidamente hasta mi casa. No había nadie. Me puse un overol y dos chompas y oculté la navaja en el bolsillo trasero del pantalón, envuelta en el pañuelo. Cuando salía, encontré a mi mujer que llegaba. - ¿Otra vez a la calle? - dijo ella. - Sí. Tengo que arreglar un asunto. El chico estaba dormido, en sus brazos, y tuve la impresión que se había muerto. - Tienes que levantarte temprano - insistió ella - ¿Tehas olvidado que trabajas los domingos? - No te preocupes - dije. - Regreso en unos minutos Caminé de vuelta hacía el "Río Bar" y me senté al mostrador. Pedí una cerveza y un sándwich, que no terminé: había perdido el apetito. Alguien me tocó el hombro. Era Moisés, el dueño del local. - ¿Es cierto lo de la pelea? - Sí. Va ser en la "Balsa". Mejor te callas. - No necesito que me adviertas - dijo. -Lo supe hace rato. Lo siento por Justo pero, en realidad, se lo ha estado buscando hace tiempo. Y el Cojo no tiene mucha paciencia, ya sabemos. - El Cojo es un asco de hombre. - Era tu amigo antes... - comenzó a decir Moisés, pero se contuvo. Alguien llamó desde la terraza y se alejó, pero a los pocos minutos estaba de nuevo a mi lado. - ¿Quieres que yo vaya? - me preguntó. - No. Con nosotrosbasta, gracias. - Bueno. Avísame si puedo ayudar en algo. Justo es también mi amigo. - Tomó un trago de mi cerveza, sin pedirme permiso. - Anoche estuvo aquí el Cojo con su grupo. No hacía sino hablar de Justo y juraba que lo iba a hacer añicos. Estuve rezando porque no se les ocurríera a ustedes darse una vuelta por acá. - Hubiera querido verlo al Cojo - dije. - Cuando está furioso su cara es...
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