El pulpito del tabernaculo

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El Púlpito del Tabernáculo Metropolitano
Dulces Remedios para el Alma Abatida NO. 2798Un sermón predicado la noche de un Domingo del Inverno de 1860por Charles Haddon SpurgeonEn la Capilla New Park Street, Southwark, Londres,
Y leído el Domingo 28 de Septiembre de 1902."Dios mío, mi alma está abatida en mí; me acordaré, por tanto, de ti desde la tierra del Jordán, y de los hermonitas, desde elmonte de Mizar". Salmo 42: 6. | Sermones  |
Aquí encontramos una queja común al pueblo de Dios; y aquí hay dos remedios que David, guiado sabiamente por Dios, administra con discreción. Dirijamos nuestra meditación en este orden: primero, vamos a hablar de la queja; y luego, en segundo lugar, vamos a examinar el botiquín, y a usar los remedios que son provistos allí.

I. HABLEMOS DE LA QUEJA:"Dios mío, mi alma está abatida en mí."

No sabemos cuál era la razón precisa por la que el alma de David estaba abatida. Tal vez era porque había sido arrojado fuera de la ciudad real por su propio hijo, el hijo que había mimado y consentido, y que por tanto, había convertido en una vara para su propia espalda. Estamos bastante seguros de que se le había denegado entonces el privilegio de subira la casa de Dios; ya no podía unirse a la muchedumbre que guardaba el día santo. Probablemente tanto su ausencia del tabernáculo como el motivo de esa ausencia se combinaron para abatir su espíritu.

Sin embargo, no estoy seguro de que la combinación de estos dos motivos hubiera bastado para abatir el espíritu de David, a no ser por la existencia de un ingrediente más amargo en su copa detristeza. Ha habido buenos individuos que, habiéndose encontrado en circunstancias similares a las de David en aquel momento, pudieron ceñir los lomos de su mente, y esperar hasta el fin. Cuando fueron mordidos por algo que es más filoso que el colmillo de una serpiente, es decir, un hijo malagradecido y la privación de la asistencia a la casa de Dios, incluso entonces, fueron capaces de apoyarse enel Señor y regocijarse en el Altísimo.

La verdadera razón de la congoja del salmista era, sin duda, que Dios había ocultado Su rostro de él, al menos en cierto grado, y por ello, todas las flores de Sus gracias estaban mustias, y su gozo, que en otro tiempo resplandecía a la luz del sol de la faz de Dios, era ahora tenue y sombrío. Los problemas pueden alterar al hombre exterior, pero nopueden conturbar el alma del hijo de Dios mientras sienta que el Señor Jehová es su fortaleza de los siglos.

Sí, sucede algunas veces que la propia presión que sobrecarga el platillo de la balanza de sus esperanzas terrenales, tiende a levantar el platillo opuesto de su paz espiritual. Mientras Dios esté con él, las tribulaciones no son nada, pues las echa sobre Jehová, pero si Dios se retira de élpor un tiempo, entonces está turbado; esa montaña que parecía estar firme, comienza a tambalearse y a temblar, y a demostrar la inestabilidad e insuficiencia de todas las bases mortales de la confianza.

Las causas de nuestro abatimiento son muy numerosas. Algunas veces, se trata de un dolor corporal; quizá sea un dolor recalcitrante que pone a prueba los nervios, impide el sueño, distraenuestra atención, nos despoja de consuelo y oculta de nuestros ojos el contentamiento.

Con frecuencia, también, ha sido una debilidad corporal; alguna secreta enfermedad ha estado minando y socavando el propio vigor de nuestra vida, y no sabíamos que estaba allí, mientras nos acercábamos insensiblemente a las puertas de la muerte. Nos hemos sorprendido por habernos sentido abatidos, cuando habríasido mil veces más sorprendente que no hubiésemos estado deprimidos. Nos hemos asombrado por habernos sentido descorazonados, cuando el médico nos diría que este no era sino uno de muchos síntomas, que comprobaban que no estábamos bien en cuanto a nuestra salud corporal.

Con frecuencia, alguna calamidad aplastante ha sido la causa de la depresión de espíritu. Una prueba ha sucedido a la otra,...
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