Enrique crauze

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  • Publicado : 19 de noviembre de 2011
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Carlyle creía que «la historia del mundo es la biografía de los grandes hombres». Creía también que la historia es una Escritura Sagrada que los hombres «deben descifrar y escribir, en la que también los escriben». Sobre ambas creencias ha caído, durante siglo y medio, el torrente crítico de nuevas teorías, unas sensatas, otras banales, la mayoría tan arbitrarias como las del gran escritorescocés. No puede negarse que la historia, cualquier historia, es mucho más que biografía; tampoco, que si algo enseña nuestro tiempo es la inexistencia de leyes inmutables. Descreer de lo primero conduce al culto de la personalidad; dudar de lo segundo significa negar la intencionalidad individual y la relativa indeterminación que, por suerte, conforman la pasta de que está hecha la cotidianidadhistórica.

¿Cómo olvidar, sin embargo, que los bravos Ricardos y los tenaces Enriques de la historia inglesa marcaron personalmente el rumbo de su nación? Lo mismo cabe decir de cualquier antigua monarquía y hasta de personajes de los tiempos legendarios de la Biblia. También las repúblicas de la Antigüedad seguían al hombre de excepción. Plutarco y Maquiavelo no reverenciaban el poder sino la virtudcívica con que el poder se ejerce; de ahí que sus historias estén llenas de príncipes, legisladores y guerreros, ejemplares o detestables, pero todos decisivos en su momento. Y aun en nuestro tiempo, por citar un solo ejemplo: ¿es imaginable el desenlace feliz de la segunda guerra mundial sin la valiente actitud de Churchill? Es el carácter reductivo de la doble fórmula de Carlyle lo que la hadesprestigiado, y con razón. Con todo, hay historias y países que se ajustan a ella casi tal como se formuló, y les queda como un traje a la medida. Uno de esos países, tal vez el más carlyleano de todos, es México.

El hundimiento del orden histórico español provocó en toda América Latina la aparición de los caudillos. Entre nosotros la palabra no tiene, por fuerza, connotaciones negativas. Eranlos hombres fuertes, los nuevos «condotieros», los jefes, los dueños de vidas y haciendas, los herederos del arquetipo hispanoárabe que blandía la reluciente cimitarra, o los émulos de los caballeros medievales que «se alzaban con el reino». Este proceso se repitió en el México del siglo XIX, aunque con una particularidad. Los caudillos mexicanos tenían algo que iba más allá del mero carisma: unhalo religioso, ligado en ocasiones al providencialismo, otras a la idolatría, a veces a la teocracia. En todo caso, una concomitancia con lo sagrado.

El origen de este fenómeno peculiar reside, como ha visto Octavio Paz, en la confluencia de dos modalidades de autocracia religiosa: la indígena y la española. El tlatoani (o emperador) azteca era, si no un dios, sí una encarnación divina ante lacual los hombres no tenían siquiera el derecho de alzar la mirada. Verlo cara a cara conducía a la muerte. Tal temor y temblor ante el uno pasaron intactos a la época colonial transferidos a conquistadores, encomenderos, «caciques» o «mandones» –como se les llamaba–, virreyes y hacendados. El énfasis en las palabras «servir» y «mandar» tal vez no sea específicamente mexicano, pero no es frecuenteescuchar en otras zonas de América la cantidad de matices que esas dos voces han adquirido en México a través de los siglos. Por lo demás, los tlatoanis no fungían solamente como dueños de la vida de sus súbditos, eran también sus pastores, «padre y madre» de los indios, como refieren los cronistas de Indias. Este rasgo patriarcal se transmitió también a los misioneros franciscanos, dominicos,agustinos y jesuitas de la «conquista espiritual» y a sus sucesores, los «padrecitos» de cada pueblo en el México colonial.

En suma, por tres siglos el orden tradicional mexicano semejó una vasta pirámide de obediencia, aquiescencia, sumisión, casi siempre suave, casi nunca impuesta o violenta. Una pirámide cristiana e imperial, construida sobre otra, en letargo, no vencida: la pirámide...
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