Ensayo de las epidemias

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ENSAYO DE LAS EPIDEMIAS

Yo sí creo en que aquí hay una epidemia, aunque me porte como si no lo creyera. Creo también en el origen italiano de la palabra influenza.
Viene de esta idea, antigua para tantos e inmensamente actual para otros, de que el azar, la influencia de los astros, su imperio, es quien trae y lleva la enfermedad.
Domina el aire una quietud contagiosa, como la mismainfluenza. Desde el viernes pasado hay menos gente andando por la calle, caminando, en bicicleta. El tránsito se ha vuelto apacible y una modorra general adormece lo mismo a los perros que a sus dueños. Pero más no se ve, ni se nota más tribulación que un matiz en el ruido diario. Mañana tampoco habrá clases en ninguna escuela. Ni en toda la semana. Ni en todo el país. Los niños retomaron las vacaciones dePascua apenas cuatro días después de haber regresado a sus aulas. No faltan los que dan brincos en el parque. Pero tampoco hay cine, ni teatros, ni eventos culturales, ni reuniones masivas. El domingo el futbol se jugó sin gente en los estadios, la tele hubiera sido una bendita pecera silenciosa si los cronistas deportivos no se hubieran empeñado en gritar más que nunca. Sólo el Metro y lostransportes públicos llevan a la gente cerca una de otra. Ahí sí todo el mundo se ha puesto un tapabocas. El gobierno ha repartido millones, pero a los mortales comunes todavía nos espanta andar como espantajos con el esparadrapo. Lo digo como sin pensar que al llamarnos "comunes mortales", estamos en el entendido de que cualquiera puede resultar atrapado sin más por este virus joven, que ha dado enestrenarse por una ciudad de suyo complicada. El domingo la gente se puso el tapabocas colgando del cuello, como si el mal fuera a llegar con un viento raro y uno pudiera agazaparse tras él sólo frente a un caso urgente: al ver venir a una señora estornudando, a un niño enrojecido por la fiebre, a un señor tose y tose. Aún ahora, cuatro días después de iniciada la alarma, hay quienes andan sin elbozal: el dique, la protección, el resguardo, les viene sobrando. Eso sí, hoy se han cerrado todos los restoranes. El domingo pensamos que sería sólo una tregua, pero ahora se ha vuelto una instrucción. En cambio las actividades comerciales no se han suspendido. Aún así la gente está dispuesta a no tener unos miedos y sí alimentar otros. El lunes hubo compras de pánico y hasta en la noche fue quelos noticiarios convencieron a la gente de no temer la falta de abasto. Y es que los mexicanos somos como los italianos: comer es nuestra fiesta más preciosa y todo puede interrumpirse menos la certidumbre de que tendremos frijoles el resto del año. No entendemos bien los datos porque se contradicen. La Organización Mundial de la Salud ha elevado la advertencia de riesgo, pero sus cifras de enfermosy muertos son menores que las del gobierno mexicano. Con todo y que las del gobierno han empezado a bajar. Dicen los diarios que la Unión Europea recomienda a sus ciudadanos no viajar a México, pero dicen también que el mal ya está hecho y que el virus anda en los aviones y llegó aquí en un avión viniendo de quién sabe dónde. Sin embargo, este pueblo de optimistas canturrea su escepticismo. En micasa hay comida todos los días y no faltan a diario los que se invitan porque no encuentran mejor restorán. Yo pienso que han buscado pretexto para comer aquí en donde todos estamos seguros de que con las piernas bajo la mesa no se envejece y tampoco se enferma uno de nada. Creo que si la tranquilidad fuera vacuna esto, sin duda, tendría remedio. No sería para más. En la ciudad de México vivimosdesafiando catástrofes menores todos los días, vivimos con las avenidas levantadas sin grandes avisos, expuestos a que una calle cambie de sentido o desaparezca un mes sin previo aviso. Hace veinte años un temblor devastó cientos de edificios, barrios, mundos y, sin embargo, ayer que volvió a temblar nadie hizo mayor escándalo. La memoria de quienes entonces anduvimos las calles, sonámbulos y...
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