Fannu

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CUENTO LA VENECIANA

Delante del castillo de tonos rojizos, entre frondosos olmos, había una pista de tenis de hierba intensamente verde. Aquella mañana temprano, el jardinero había pasado un rodillo de piedra hasta dejarla suave y lisa, arrancado un par de margaritas, redibujado las marcas del césped con cal líquida y había colocado bien tirante una nueva red elástica y resistente entre losdos postes. El mayordomo había traído de un pueblo cercano una caja en la que reposaba una docena de pelotas blancas como la nieve, vellosas al tacto, todavía ligeras, aún vírgenes, envueltas todas y cada una de ellas, como fruta preciosa, en su propia lámina de papel transparente.
Eran las cinco de la tarde, más o menos. El sol maduro dormitaba aquí y allá sobre la hierba y por los troncos de losárboles se filtraba a través de las hojas y bañaba plácidamente la pista de tenis que ahora empezaba a cobrar vida. Había cuatro personas jugando: el coronel en persona (el propietario del castillo), la señora McGore, Frank, el hijo del anfitrión y Simpson, un amigo suyo de la universidad.
Los movimientos de alguien que juega, así como su letra en momentos más tranquilos, dicen mucho acerca desu personalidad. A juzgar por los golpes directos, y como agarrotados del coronel, la expresión tensa de su rostro carnoso que parecía que acabara de escupir de un resoplido el imponente bigote gris que se alzaba sobre sus labios; el hecho de que, a pesar del calor, no se hubiera desabrochado los botones del cuello de su camisa; la forma en que abordaba su servicio, con las dos piernas firmementeseparadas y ancladas como si fueran dos postes blancos, a juzgar por todo ello uno podía llegar a la conclusión, primero, de que no había sido nunca un gran jugador, y segundo, de que era un hombre chapado a la antigua, testarudo, y sujeto a ataques ocasionales de ira furiosa. De hecho, si al golpear la pelota ésta acababa en los rododendros, lanzaba un conciso juramento entre dientes, o mirabadesorbitadamente a su raqueta con ojos de pez, como si no pudiera perdonarle que le hubiera fallado de forma tan humillante. Simpson, su pareja del momento, un joven delgado y rubio con ojos mansos y enloquecidos a un tiempo que brillaban y no dejaban de batir detrás de sus gafas como si fueran ligeras mariposas azul claro, se esforzaba al máximo en su juego aunque el coronel, desde luego, nuncaexpresaba su disgusto cuando la pérdida de un punto se debía a un fallo de su compañero de juego. Pero por mucho que Simpson lo intentara, por mucho que saltara de un lado al otro de la pista, no conseguía dar un buen golpe. Se sentía como si fuera a desgarrarse en las costuras de su cuerpo, como si su timidez le impidiera dar el golpe preciso y como si, en lugar de un instrumento de juego, elaboradoingeniosa y meticulosamente a partir de unas tripas color ámbar trenzadas en cuerdas e insertadas en cálculo perfecto dentro de un marco, estuviera agarrando un madero seco y torpe contra el que rebotaba la pelota con un estallido penoso, para acabar inevitablemente dando contra la red o contra los matorrales, arreglándoselas incluso para llevarse por delante el sombrero de paja que se asentabaen la coronilla redonda del señor McGore, quien observaba plácidamente y sin demasiado interés, junto a la pista, cómo su joven esposa Maureen y el ágil y rápido Frank derrotaban a sus sudorosos contrincantes.
Si McGore, experto connaisseur de los viejos maestros y restaurador, diestro también en todo tipo de lienzos y marcos de cuadros antiguos, que consideraba que el mundo no era sino un bocetomás bien pobre, pintarrajeado con malos óleos en un lienzo frágil, hubiera sido el tipo de espectador curioso e imparcial que resulta conveniente a veces, habría llegado a la conclusión de que Maureen, la alegre, esbelta y morena Maureen, vivía del mismo modo desenvuelto y despreocupado con que jugaba y de que Frank trasladaba asimismo a su vida su capacidad para devolver el golpe más difícil...
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