Fantasista

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Hernán Rivera Letelier
El Fantasista

A Oscar Báez, por mantenernos vivo el recuerdo de Coya Sur.

I

Fue un lunes de octubre cuando aparecieron caminando por en medio de la calle desierta. Era la hora de la siesta en la pampa. En el aire no corría un carajo de viento y un sol de sacrificio fundía los ánimos de todo lo que respirara sobre la faz de la tierra. El hombre y la mujeravanzaban silenciosos bajo la incandescencia del cielo. Él venía delante, y ella, dos pasos atrás; ella cargaba una pequeña maleta de madera con esquinas de metal, y él traía una pelota de fútbol bajo el brazo, blanca y con cascos de bizcochos (de entradita supimos que era una de esas profesionales). Los quedamos mirando sorprendidos. El hombre vestía una camisa tropical, un pantalón demasiado anchopara su talla y zapatillas de lona, y llevaba la pelota igual que los arqueros en los desfiles de inauguración de campeonato. Aunque demostraba tener unos cuarenta años, y parecía cojear levemente de no se sabía cuál de sus piernas arqueadas, caminaba con la actitud y la pachorra de un crack. Además, cosa extraña para nosotros, llevaba un cintillo en la frente. Detrás suyo, delgada y pequeña, muchomás joven que él, su melena roja ardiendo bajo el sol, la mujer lo seguía con una mansedumbre de animal doméstico. Él traía el rostro bañado en sudor, ella no transpiraba una sola gota.

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—Esos dos parecen empampados —dijo alguien entre nosotros, tal vez el Cocata Martínez, que trabajaba en la fábrica de hielo y paletas de helado. La calle Balmaceda, por donde entraron, era la calle delcomercio y la entrada principal del campamento (Coya Sur tenía sólo seis calles, y las seis de tierra). Pero ellos no aparecieron por el lado de la pulpería, que era por donde se llegaba desde las demás salitreras, sino por el lado de la Biblioteca Pública. Y eso significaba una sola cosa: que la pareja de aparecidos venía caminando, a pleno sol, desde la mismísima carretera Panamericana, distanteunos cuantos kilómetros hacia el oriente. El hombre y la mujer cruzaban frente a la cancha de rayuela cuando fueron envueltos por un intempestivo remolino de arena; uno de esos remolinos gigantescos que aparecían bramando por cualquier lado, haciendo batir con estrépito puertas y ventanas, desparramando la basura de los techos y ovillando el ecuménico hastío de la tarde pampina. Ellos sólo atinaron adetenerse y cerrar los ojos: la mujer afirmándose las polleras sin soltar la maleta; el hombre con la pelota bajo el brazo, las piernas abiertas en compás y la cabeza gacha, lo mismo que un futbolista recibiendo instrucciones para ingresar a la cancha, o como el hermano Zacarías Ángel orando en la calle antes de largarse a predicar el advenimiento de la segunda venida de Cristo. Cuando elremolino terminó de pasar y se perdió por el lado del Rancho Huachipato (donde segundos antes los cuatro electricistas del campamento, como cuatro ánimas de mediodía, acababan de entrar, sigilosamente, en fila india), el hombre y

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la mujer abrieron los ojos, escupieron arenilla, se sacudieron un poco la ropa y siguieron su camino. En realidad parecían no ir a ninguna parte. Media cuadra másadelante, atraídos tal vez por el bolero de José Feliciano que bostezaba el wurlitzer —y que amelcochaba aún más la canícula de la siesta—, se detuvieron ante las puertas de la pastelería Ibacache, justo enfrente de nosotros. Ahí se dejaron caer descoyuntados, adosando sus espaldas a las tibias calaminas del frontis. Aunque hasta ese momento no habían cruzado una sola palabra entre ellos, la mujer,que no dejaba de mascar chicle y hacer globitos rosados, daba la impresión de ser mucho más silenciosa y desvalida que él. En su actitud había un aire casi de penitencia. Nosotros nos hallábamos sombreando bajo el alero de cañas del Rancho Grande, capeando el calor con los helados que nos había traído el Cocata Martínez y comentando las incidencias del partido del día anterior (los Cometierra de...
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