Felipo

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Nicholas Guild




El macedonio










CAPÍTULO 1


La primera nevada del invierno comenzó al anochecer. Había sido una jornada relativamente cálida, cual si el verano hubiese cambiado de idea, en Macedonia, para alargarse indefinidamente, pero al apagarse las últimas luces mortecinas del crepúsculo, el viento procedente del mar se hizo frío y notardaron en caer los sordos copos de nieve con furia desordenada en las sucias calles de Pela. La gente se quedaba mirando atemorizada la nieve desde las puertas de las casas, aunque nadie hablaba de un mal presagio. Los dioses eran caprichosos en aquella zona tan al norte, y no era la primera vez que se daba el fenómeno.
Al cabo de una hora, una capa de casi tres dedos cubría el patio delpalacio del rey Amintas, y a medianoche todo se hallaba plácidamente cubierto de blanco. Era como si todo ajetreo humano hubiese concluido al ponerse el sol.
Mas sólo era una apariencia, pues en palacio no reinaba tanta calma. En los aposentos de las mujeres, Eurídice, la primera consorte del rey, ahogaba sus gritos en el trabajoso parto de su cuarto hijo, y en el salón principal el rey y susallegados bebían vino sin aguar, entre risotadas que hacían retumbar las paredes.
No habría menos de un centenar de nobles, cuyos duros rasgos faciales acentuaba la luz trémula de las antorchas, riendo, gritando y dando manotazos en las mesas de caballete, que no parecían dispuestas con arreglo a ninguna geometría determinada y que, sin embargo, respondían a un estricto orden de importancia. Eran loshombres que en la batalla rodeaban al rey protegiendo su vida con las suyas, y, efectivamente, aquel jolgorio parecía una especie de batalla cuyo fragor resonaba en los muros.
Un hombre hizo su entrada en el salón del banquete; no era de imponente figura como los otros, pero tampoco se trataba de un criado. El recién llegado miró en derredor como quien asiste a una catástrofe. En su túnica, eincluso en su breve barba blanca, se veían manchas de sangre. Era Nicómaco, físico y amigo íntimo del rey.
Al llegar a la camilla de Amintas, se inclinó a decirle algo y un tenso silencio se hizo en el salón.
—Señor...
El rey, con la piel en torno a los ojos arrugada y agrietada como la de una antigua máscara de cuero, parpadeó sorprendido y luego pasó un brazo por los hombros del físicopara acercarlo a él, un gesto amigable de beoda campechanía.
—¿Qué sucede, Nicómaco? ¿Vienes a decirme que los viejos debemos saber cuándo tenemos que irnos a la cama?
Y lanzó una risotada, que interrumpió para pasar la palma de la mano por la barba del físico y mirarse la sangre.
—¿Así que ha habido dificultades...? ¿Ha muerto?
—Vive, señor, y el niño también. Pero no sé si aúnseguirán con vida mañana.
Amintas, que quizás no estuviera tan ebrio como aparentaba, se le quedó mirando fijamente un instante. Eran muchos años de mutuo conocimiento, desde que el rey había marchado al exilio, cuando los ilirios le habían obligado a abandonar temporalmente sus tierras, haciéndole vivir entre extranjeros. Nicómaco era persona de confianza; un hombre que no hablaba sin razón.—¿Es varón?
—Sí, señor. Un hijo.
—Mejor será que vaya a ver.
Se levantó y saltó por encima de la mesa como si hubiese sido un tronco, dejando caer al suelo de piedra la copa de vino y el plato de carne asada con su impaciente gesto.
—No os alarméis, compañeros y hermanos —gritó, con sonrisa radiante—. Continuad con la fiesta, que no tardaré en volver con vosotros. Me reclama unacuestión sin importancia, un simple contratiempo de la vida conyugal.
Mientras la concurrencia reía, él se acercó a dos hombres tumbados en camillas próximas a la suya.
—Primo Tolomeo, y tú, Lukio, acompañadnos. El nacimiento de un príncipe es un acontecimiento y no quiero privar a mi hijo de la pleitesía de sus súbditos, aunque mañana haya muerto.
Tolomeo fue el primero en levantarse....
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