Hanna arendt

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Hannah Areeclí

La condición
Introducción de Manuel Cruz

SUMARIO

Introducción: Hanna Arendt, pensadora del siglo, por Manuel Cruz I Notas a la Introducción XIII Agradecimientos Prólogo 11 13

I.

LA CONDICIÓN HUMANA

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1. Vita activa y la condición humana 2. La expresión vita activa 3. Eternidad e inmortalidad Notas del capítulo I

21 25 30 33

II.

LA ESFERA PÚBLICA YLA PRIVADA

37

4. 5. 6. 7.

El hombre: animal social o político La polis y la familia El auge de lo social La esfera pública: lo común

37 41 48 59

PROLOGO

En 1957 se lanzó al espacio un objeto fabricado por el hombre y durante varias semanas circundó la Tierra según ías mismas leyes de gravitación que hacen girar y mantienen en movimiento a los cuerpos celestes: Sol, Luna yestrellas. Claro está que el satélite construido por el hombre no era ninguna luna, estrella o cuerpo celeste que pudiera proseguir su camino orbital durante un período de tiempo que para nosotros, mortales sujetos al tiempo terreno, dura de eternidad a eternidad. Sin embargo, logró permanecer en los cielos; habitó y se movió en la proximidad de los cuerpos celestes como sL a modo de prueba, lo hubieranadmitido en su sublime compañía. Este acontecimiento, que no le va a la zaga a ningún otro, ni siquiera a la descomposición del átomo, se hubiera recibido con absoluto júbilo de no haber sido por las incómodas circunstancias políticas y militares que concurrían en él. No obstante, cosa bastante curiosa, dicho júbilo no era triunfal; no era orgullo o pavor ante el tremendo poder y dominio humanolo que abrigaba el corazón del hombre, que ahora, cuando levantaba la vista hacia el firmamento, contemplaba un objeto salido de sus manos. La inmediata reacción, expresada bajo el impulso del momento, era de alivio ante el primer «paso de la victoria

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La condición humana

leí hombre sobre la prisión terrena». Y esta extraña afirma:ión, lejos de ser un error de algún periodistanorteamericano, nconscientemente era el eco de una extraordinaria frase que, íace más de veinte años, se esculpió en el obelisco fúnebre de ino de los grandes científicos rusos: «La humanidad no permaíecerá atada para siempre a la Tierra». Durante tiempo esta creencia ha sido lugar común Nos nuestra que, en todas partes, los hombres no han sido en modo tlguno lentos en captar y ajustarse a losdescubrimientos cíentíicos y al desarrollo técnico, sino que, por el contrario, los han ;obrepasado en décadas. En éste, como en otros aspectos, la ñencia ha afirmado y hecho realidad lo que los hombres anticiparon en sueños que no eran descabellados ni vanos. La única íovedad es que uno de los más respetables periódicos de este :>aís publicó en primera página lo- que hasta entonces había sertenecido a laescasamente respetada literatura de ciencia icción (a la que, por desgracia, nadie ha prestado la atención }ue merece como vehículo de sentimientos y deseos de la .-nasa). La trivialidad de la afirmación no debe hacernos pasar por alto su carácter extraordinario; ya que, aunque los cristianos se han referido a la Tierra como un valle de lágrimas y los filósofos han considerado su propio cuerpo comouna prisión de la mente o del alma, nadie en la historia de la humanidad ha concebido la Tierra como cárcel del cuerpo humano ni ha mostrado tal ansia para ir literalmente de aquí a la Luna. La emancipación y secularización de la Edad Moderna, que comenzó con un desvío, no necesariamente de Dios, sino de un dios que era el Padre de los hombres en el cielo, ¿ha de terminar con un repudio todavía másominosa de una Tierra que fue la Madre de todas las criaturas vivientes bajo el firmamento? La Tierra es la misma quintaesencia de la condición humana, y la naturaleza terrena según lo que sabemos, quizá sea úni,ca en el universo con respecto a proporcionar a los seres humanos un habitat en el que moverse y respirar sin esfuerzo ni artificio. El artificio humano del mundo separa la existencia...
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