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  • Publicado : 3 de septiembre de 2012
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Capítulo 1
Leyendas y realidades de los primeros tiempos
Zona brillante entre las tinieblas de la prehistoria italiana y las no menos densas en
que la descomposición del Imperio sumergió al mundo occidental, Roma alumbra con una viva
luz unos doce siglos de historia humana. Doce siglos en los que no faltan, sin duda, guerras y
crímenes, pero cuya mejor parte conoció una paz duradera ysegura: la paz romana, impuesta
y aceptada desde las orillas del Clyde hasta las montañas de Armenia, desde Marruecos
hasta las riberas del Rin, algunas veces incluso las del Elba, y no terminando hasta los
confines del desierto, en las riberas del Eufrates. Todavía hay que añadir a este inmenso
Imperio toda una teoría de Estados sometidos a su influencia espiritual o atraídos por su
prestigio.¿Cómo extrañarse de que estos doce siglos de historia figuren entre los más
importantes para el desarrollo de la raza humana y de que la acción de Roma, a despecho de
todas las revoluciones, de todas las ampliaciones y cambios de perspectiva sobrevenidos
desde hace milenio y medio, se haga aún sentir, vigorosa y permanente?
Esta acción penetra en todos los dominios: cuadros nacionales y políticos,estética y
moral, valores de todos los órdenes, armadura jurídica de los Estados, maneras y costumbres
de la vida cotidiana; nada de lo que nos rodea habría sido lo que es si Roma no hubiese
existido. La misma vida religiosa conserva la huella de Roma. ¿No fue en el interior del
Imperio donde nació el cristianismo, donde consiguió sus primeras victorias, formó su jerarquía, y, en una ciertamedida, maduró su doctrina?
Después de haber dejado de ser una realidad política, Roma se convirtió en un mito:
los reyes bárbaros se hicieron coronar emperadores de Romanos. La noción misma de
Imperio, tan fugitiva, tan compleja, sólo se comprende desde la perspectiva romana; la
consagración de Napoleón, en Nuestra Señora de París, no podía ser oficiada de una manera
válida sino por el propioobispo de Roma. La súbita reaparición de la idea romana no fue, en
estos comienzos de diciembre de 1804, el producto de la fantasía de un tirano, sino la
intuición política de un conquistador que, por encima de mil años de realeza francesa, volvía a
encontrar una fuente viva del pensamiento europeo. Sería fácil evocar otras tentativas más
recientes, cuyo fracaso no puede hacer olvidar que handesvelado poderosos ecos cuando
todo un pueblo oyó proclamar que el Imperio renacía sobre las «colinas fatales de Roma».
Las colinas de Roma, las siete colinas, que los historiadores antiguos no sabían de
una manera exacta cuáles eran, se elevan todavía en las riberas del Tíber. El polvo de los
siglos, sin duda, se ha acumulado sobre los valles que las separan hasta el punto de embotar
surelieve y hacerlas aparecer menos altas. Únicamente el esfuerzo de los arqueólogos puede
descubrir la geografía de la Roma primitiva. No se trata de un juego inútil de erudición: conocer la geografía del lugar, en sus primeros tiempos, importa extremadamente a quien quiera
comprender la extraordinaria suerte de la ciudad, y esto importa también para desenredar la
madeja de tradiciones y deteorías sobre los comienzos de dicha fortuna.
Cicerón, en un pasaje célebre del tratado Sobre la República, elogia a Rómulo, el
fundador de la ciudad, por haber escogido tan acertadamente el lugar donde trazar el surco
sagrado, primera imagen del recinto urbano. Ningún otro lugar, dice Cicerón, estaba más

adaptado a la función de una gran capital; Rómulo había evitado, muy sabiamente, latentación de establecer su ciudad a la orilla del mar, lo que le habría dado, de momento, una
fácil prosperidad. No solamente, argumenta Cicerón, las ciudades marítimas están expuestas
a múltiples peligros, de parte de piratas y de invasores venidos del mar, cuyas incursiones son
siempre repentinas y obligan a mantener una guardia incesante, sino que, sobre todo, la
proximidad del mar acarrea más...
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