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  • Publicado : 9 de septiembre de 2012
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El Diosero
La Tona
CRISANTA descendía por la vereda que culebreaba entre los peñascos de la loma clavada entre la aldehuela y el río, de aquel río bronco al que tributaban los torrentes que, abriéndose paso entre jarales y yerbajos, se precipitaban arrastrando tras sí costras de roble hurtadas al monte. Tendido en la hondonada, Tapijulapa, el pueblo de indiospastores. Las torrecitas de la capilla, patinadas de fervores y lamosas de años, perforaban la nube aprisionada entre los brazos de la cruz de hierro.
Crisanta, india joven, casi niña, bajaba por el sendero; el aire de la media tarde calosfriaba su cuerpo encorvado al peso de un tercio de leña; la cabeza gacha y sobre la frente un manojo de cabellos empapados de sudor. Sus pies –garras a ratos, pezuñaspor momentos- resbalaban sobres las lajas, se hundían en los líquenes o se asentaban como extremidades de plantígrado en las planadas del senderillo… Los muslos de la hembra, negros y macizos, asomaban por entre los harapos de la enagua de algodón, que alzaba por delante hasta arriba de las rodillas, porque el vientre estaba urgido de preñez… la marcha se hacia más penosa a cada paso; la muchachadeteníase por instantesa tomar alimentos; mas luego, sin levantar la cara, reanudaba el camino con ímpetus de bestia que embistiera al fantasma del aire.
Pero hubo un momento en que las piernas se negaron al impulso, vacilaron. Crisanta alzó por primera vez la cabeza e hizo vagar sus ojos en la extensión. En el rostro de la mujercita zoque cayó un velo de angustia; sus labios temblaron y lesaletas de su nariz latieron, tal si olfatearan. Con pasos inseguros la india buscó las riberas; diríase llevada entonces por un instinto, mejor que impulsada por un pensamiento. El río estaba cerca, a no más de veinte pasos de la vereda. Cuando estuvo en las márgenes, desató el “mecapal” anudado a su frente y con apremios depositó en el suelo el fardo de leña; luego, como lo hacen todas las zoques,todas:
la abuela,
la madre,
la hermana,
la amiga,
la enemiga,
remangó hasta arriba de la cintura su faldita andrajosa, para sentarse en cuclillas, con las piernas abiertas y las manos crispadas sobre las rodillas amoratadas y ásperas. Entonces se esforzó al lancetazo del dolor. Respiró profunda, irregularmente, tal si todas las dolencias hubiéransele anidado en la garganta. Después hizo desus manos, de aquellas manos duras, agrietadas y rugosas de fatigas, utensilios de consuelo, cuando las pasó por el excesivo vientre ahora convulso y acalambrado. Los ojos escurrían lágrimas que brotaban de las escleróticas congestionadas. Pero todo esfuerzo fue vano. Llevó después sus dedos, únicos instrumentos de alivio, hasta la entrepierna ardorosa, tumefacta y de ahí los separó por inútiles…Luego los encajo en la tierra con fiereza y así los mantuvo, pujando rabia y desesperación… De pronto la sed se hizo otra tortura… y allí fue, arrastrándose como coyota, hasta llegar al rio: tendiose sobre la arena, intento beber, pero la nausea se opuso cuantas veces quiso pasar un trago; entonces mugió su desesperación y rodó en la arena entre convulsiones. Así la halló Simón su marido.
Cuandoel mozo llego hasta su Crisanta, ella lo reci¬bió con palabras duras en lengua zoque; pero Simón se había hecho sordo. Con delicadeza la levanto en brazos para conducirla a su choza, aquel jacal pajizo, incrustado en la falda de la loma. El hombrecito depositó en el petate la carga trémula de dos vidas y fue en busca de Altagracia, la comadrona vieja que moría de hambre en aquel pueblo en dondelas mujeres se las arreglaban solas, a orillas del rio, sin más ayuda que sus manos, su esfuerzo y sus gemidos.
Altagracia vino al jacal seguida de Simón. La vieja encendió un manojo de ocote que dejo arder sobre una olla; en seguida, con ademanes complicados y posturas misteriosas, se arrodilló sobre la tierra api¬sonada, rezó un credo at revés, empezando por el “amen” para concluir en el...
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