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  • Publicado : 14 de noviembre de 2010
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La venganza creadora
Sol y mar, pereza y calor. Los breves días de vacaciones transcurrían apaciblemente en Acapulco. Cuanto no era allí naturaleza —la gente,el pueblo—, era incomodidad y abandono. Aún no había llegado a ser el puerto lo que ha venido a ser después: un Luna Park de lujo. Mil veces preferible quedarse encasa fuera de las horas del baño y el reposo en la playa. Mil veces mejor quedarse en casa, entregados a la charla boba, al Romey de dieciséis cartas, porque elJim Romey, tan a la moda entonces, todo se vuelve aritmética y obliga a trabajar demasiado. Algunos tragos de vino por la noche, y cierta morbosa tensión en elambiente; porque el ocio es mal consejero; y, por lo pronto, apicara las conversaciones y acorta un tanto los trechos de la familiaridad lícita y admitida.
Lacasita trepaba por la ladera y, de noche, era visitada por los abanicos de la brisa. Era pequeña y suficiente; sólo tenía dos pisos. Era propiedad deFederico, restaurant alemán establecido en la Ciudad de México, propiedad que conservaba aún porque aún estábamos antes de la guerra y no se habían dictado aquellas disposicionessobre posesiones a tantos kilómetros de la costa. Federico no era un nazi, sino, todavía, un hombre del Kaiser, aviador herido en las campañas de la primeraguerra y retirado ahora a sus negocios privados; lo bastante, al menos, para que no se le conocieran tendencias ni tentaciones políticas. Hombre rubio, maduro,insípido, sereno, alto, afeitado, con una rara expresión de impavidez y una mirada sospechosamente fija, a veces, que hacía preguntarse si tendría un ojo de vidrio.
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