La centenaria

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La centenaria
[Cuento. Texto completo]
Emilia Pardo Bazán
-Aquí -me dijo mi primo, señalándome una casucha desmantelada al borde de la carretera- vive una mujer que ha cumplido el pasado otoño cien años de edad. ¿Quieres entrar y verla?
Me presté al capricho obsequioso de mi pariente y huésped, en cuya quinta estaba pasando unos días muy agradables, y, aunque ningún interés especial teníapara mí la vista de una vejezuela, casi de una momia desecada que ni cuenta daría de sí, aparenté por buena crianza que me agradaba infinito tener ocasión de comprobar ocularmente un caso notable de longevidad humana.
Entramos en la casucha, que tenía un balcón de madera enramado de vid, y detrás un huerto, donde se criaban berzas y patatas a la sombra de retorcidos y añosos frutales. Dijéraseque allí todo había envejecido al compás de la dueña, y la decrepitud, como un contagio, se extendía desde los nudosos sarmientos de la cepa hasta las sillas apolilladas y bancos denegridos que amueblaban la cocina baja, primera habitación de la casa donde penetramos.
Estaba vacía. Mi primo, familiarizado con el local, llamó a gritos:
-¡Teresa, madama Teresa!
Al oír madama, la aventura empezóa interesarme. ¿Era posible que fuese francesa la centenaria que vegetaba allí, en un rincón de las mariñas marinedinas? ¿Francesa? ¡Extraña cosa!
Una voz lejana respondió desde el huerto:
-Aquí estoy...
El acento era extranjero; no cabía duda. Antes de pasar, interrogué. Me contestó una de esas sonrisas que prometen mucho, una sonrisa que era necesario traducir así: «¿Pensabas que iba aenseñarte algo vulgar?»
Al rayo oblicuo de un sol de otoño; al lado de un matorral de rosalillos mal cuidados, cuyos capullos parecían revejecidos también; sentada en una butaca carcomida, de resquebrajada gutapercha, vi a una mujer cuyo semblante encuadraba un tocado de esos inconfundibles, de cocas de cinta y tules negros, que sólo usan las ancianas de Francia. El tocado debía de tener pocosmenos años que su dueña. Hacía el efecto de que, al soplarle, se desharía en polvo, como las ropas que aparecen enteras y vuelan en ceniza en cuanto se abre una sepultura. La manteleta raída, de casimir, rojeaba al sol. Los pies, calzados con pantuflas, eran cifra de la caducidad de todo aquel cuerpo. ¿Habéis notado que, al través del calzado que más oculte su forma, unos pies jóvenes son siempre unospies jóvenes, y los adivináis? El pie envejece tanto o más que la cara...
Al tratar madama Teresa de incorporarse difícilmente, vimos de cerca su rostro, no demacrado ni excesivamente arrugado, sino céreo, como el de un muerto, y fino, como el de una muñequita de marfil. Un toque de rosa marchito apareció un momento en sus pómulos. Un amago de sonrisa descubrió el horror gris de la caverna,donde el tiempo cruel, sobre las ruinas, tejía su telaraña...
-Aquí tiene usted -dijo mi primo- a un pariente mío; le he dicho que acaba usted de cumplir... una edad avanzada, y ha querido saludar a usted y desearle muchos más años de vida.
-Sea bien venido... Tenga la bondad de sentarse...
Y me señaló, con aire amable, un banco de argamasa adosado a la pared de la casucha. Lleno de curiosidad,dirigí la mirada hacia algo que la anciana leía cuando entramos y que acababa de dejar sobre la silla. Parecía un periódico antiguo, ya amarillento.
-Madama Teresa, cuéntele usted su historia a este señor... Se alegrará mucho de oírla...
-¡Mi historia! -Murmuró la vocecilla cascada, llena de trémolos que parecían balidos dolientes-. Es sencilla y triste..., pero yo creo que son tristes todaslas historias de todo el mundo. Soy hija de un oficial francés que vino con Napoleón y de una señorita madrileña. Mi padre me recogió, porque mi madre, al ver todas las cosas que sucedían, no quería seguir cuidándome. Con mi padre pasé a Francia. Estuve allí hasta los veinte años. Entonces mi padre murió y mi madre me reclamó y me hizo a la fuerza entrar en un convento. Me resistí a profesar, y...
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