La edada proibida

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Edad Prohibida
Torcuato Luca de Tena
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Libro Primero

Barbecho

Wer zeigt ein Kind so wie es steht?
Rilke

Capítulo primero

Enrique

El lápiz carbón de gruesa punta redondeada, quieto hacía unos instantes, corría ahora de un extremo al otro del grueso papel, sin rozarlo apenas en unos puntos, hiriéndolo en otros, como situviera vida propia.
—Buen tipo el viejo. ¿No te parece? Tiene cabeza.
Hacía tiempo que Enrique había adquirido la costumbre de dialogar con las cosas para evitar, de plano, monologar consigo mismo. Enrique odiaba la introspección. Hablaba con su lápiz, con su armónica, con los personajes de sus dibujos. Pero no estaba loco. Estaba solo.
—Buen tipo el viejo. Tiene cabeza...Enrique admiraba a los hombres que tuvieran eso que él llamaba «una buena cabeza», expresión que no intentaba en modo alguno señalar equilibrio mental, profundidad de ideas o capacidad creadora, sino un amplio cráneo adornado del máximo número de adminículos desmesurados: nariz potente, mandíbula en vanguardia, cejas erizadas. Y barba. Barba hirsuta, flamígera, despeinada.
Su colección de dibujosestaba poblada por mendigos, profetas y revolucionarios. Cabezas deformes, cabezas audaces. Por excepción, cuando alguna sobresalía por su temperamento, Enrique se complacía en añadirle un cuerpo, generalmente ridículo o en posturas infamantes y arbitrarias. Aquella cabeza, que hubiera podido pasar a ser la del Cid Campeador o la de Carlomagno, acababa siendo la de un mendigo rodeado de perrosladradores y golfillos burlones armados de piedras. Moisés aparecía en traje de baño jugando en la playa con jovencitas en bikini, y Einstein aprendiendo la tabla de multiplicar.
—¡Pobre tonto! Te creías alguien, ¿eh? Y mira lo que eres...
Otras veces era el propio Enrique quien se sorprendía tras Ia labor destructora de su lápiz carbón.
—Lo siento, señor, yo mismo había creído que erausted un tipo imponente. Lo siento. Es usted un pobre diablo.
Guardó Enrique el carbón, el difumino y los lápices menores... «Mañana seguiré contigo —le dijo—. Ahora ya casi no hay luz.» Después sacó la armónica de su estuche, se acercó al ventanuco, se puso de puntillas, agarró fuertemente con las manos en alto el borde del hueco, hizo una flexión de brazos y ágilmente se encaramó hasta él.La pared maestra de la celda tenía metro y medio de espesor y era toda de piedra. En el centro, a media altura, estaba la reja: seis barrotes de hierro, verticales, precedidos de un nicho semejante al que tenían las aspilleras de las fortalezas antiguas.
En aquel espacio, en cuclillas o sentado a la usanza mora, pues de pie no cabía, y echado a lo largo tampoco, Enrique se instalabatodos los atardeceres. Entonces también lo hizo. Estuvo unos minutos —dos, tres, cinco— mirando hacia fuera. Después tomó la armónica en las manos, le limpió la rejilla metálica frotándola contra el pecho y la dejó deslizar por los labios, improvisando una nueva melodía.
Ante su celda, rozando las rejas, volaban, persiguiendo insectos, las golondrinas. El atardecer era glorioso. Sobre la Españaamarilla, ¡qué bien hacen los sotos aislados, pequeños oasis verdes de álamos blancos y chopos! Junto a ellos hay siempre un breve deslizar de agua y unas mujeres —corvas al aire— lavando ropa. Fuera del soto, el campo amarillo, recién segado. Amarilla la tierra, amarillas las eras, amarillas las parvas, amarillo el polvo —gotas de oro— de las aventadoras. Por la carretera lejana zumbaban losautomóviles.
Así, en cuclillas, mirando al campo o a las nubes violetas del crepúsculo, Enrique había iniciado la composición de cien melodías. Pero rara vez concluía alguna. El desaliento le invadía con la misma fuerza que el entusiasmo primero. «Esta musiquilla me estaba saliendo tristona. Me aburre lo triste. ¿Y tengo yo motivos para estarlo? ¡No, padre! ... ¡Pues entonces!» llora peligrosa...
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