La isla

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El factor Stuparich

ENRIQUE VILA-MATAS 03/05/2008
A principios del siglo pasado, la brillante nueva generación de jóvenes de Trieste -Scipio Slataper, Carlo Michelstaedter, Carlo y Giani Stuparich, Enrico Mreule y otros- se lamentaban a todas horas de que su ciudad, el activo puerto del imperio austro-húngaro, carecía de la menor tradición cultural. Michelstaedter se suicidó en 1910, abriendoel fuego de las fugas y de las pérdidas. Tras la muerte de su amigo, Mreule decidió irse a la Patagonia. Como comentaría cuarenta años más tarde Giani Stuparich en Trieste nei mei ricordi, había algo en esa ciudad que se oponía a cualquier intento por darle una fisonomía cultural: "Y esto no sólo se debía a un espíritu de desintegración, sino también al hecho de que los individuos se aislabanvoluntariamente, o bien partían".
Después, murieron en la guerra el gran Scipio Slataper y Carlo Stuparich. Y así Giani, el menor de los Stuparich, vio roto muy pronto su sueño de que Trieste, apasionante cruce de culturas, pudiera ser el puente que uniera la civilización milenaria mediterránea con las nuevas civilizaciones que estaban surgiendo en el mundo. Nada de aquel sueño de cultura pudo serposible, aunque la estela que dejó aquella generación frustrada pervive, porque fundaron la triestinidad y la literatura triestina. Cuando Scipio Slataper se suicidó para no caer en manos del enemigo, dejó una herencia muy ardua. "Giani Stuparich", escribe Claudio Magris en su epílogo de La isla, "se vio de alguna forma en la necesidad de ser -de querer, pero también de tener que ser- el heredero yel continuador de Scipio Slataper, jefe reconocido de aquella extraordinaria y malograda partida de jóvenes".
Suceder al insustituible Slataper era tarea compleja y seguramente imposible, aunque, eso sí, hermosa e innegablemente heroica. Stuparich se encontró entre las manos la antorcha con la que tenía que seguir adelante, con la que tenía que suceder no sólo a su hermano Carlo, sino también allegendario suicida. Y no dio la espalda al esencial reto. Se casaría años más tarde -para incidir aún más en aquella trastornadora tarea tan heroica- con la mujer que amaba a Slataper, la escritora Elody Oblath, y naturalmente fue infeliz en su matrimonio. Pero en ningún momento buscó Giani Stuparich mejores opciones para su vida. Actuó de común acuerdo con su destino: a fin de cuentas era el quereunía más condiciones para recoger la difícil herencia de los grandes amigos malogrados, ya que era escritor de ficción, pero también y sobre todo un intelectual responsable, el representante moral de los valores de aquella generación.
La herencia -benéfica, según se mire- haría de Stuparich toda la vida un maestro de rectitud civil y de compromiso democrático. Fue a estudiar a Praga, donde sehizo amigo de Masaryk, que luego sería presidente de la república checoslovaca. Y seguramente, allí en Praga, se cruzó con Kafka y fue su compañero de mesa en el café Europa y hablaron del sentido de la vida y de la literatura, y seguro que lo hicieron siempre bajo la luz fría, objetiva, despiadada de la verdad que uno y otro tanto cortejaron. Podría ser interesante que, algún día, alguien de laestirpe moral de Slataper se decidiera a novelar ese probable encuentro que pudo darse a lo largo de una lenta sucesión de secuencias: el factor Stuparich sintonizando con el factor Kafka en la Praga de los laberintos, los golems, las charadas y las puertas falsas.
Giani Stuparich (Trieste, 1891-Roma, 1961) escribió novelas y ensayos, pero todo el mundo parece coincidir en que su fuerte resultóser el relato breve y la memoria autobiográfica. Había leído muchos cuentos y prestado gran atención a Gottfried Keller, Antón Chéjov, Giovanni Verga y, sobre todo, a Valéry Larbaud, probablemente el eslabón último en la cadena que le une con James Joyce, descubridor a su vez de Italo Svevo, otro genio triestino. Parece indudable que en el relato La isla fue donde Giani Stuparich dio lo mejor de...
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