La muerte lenta de luciana b

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  • Publicado : 26 de mayo de 2011
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Guillermo Martínez
La muerte lenta de Luciana B.

AGRADECIMIENTOS
A Carmen Pinilla, por su amistad, su entusiasmo, su confianza. Sin su constante aliento difícilmente hubiera llegado al final.
A los doctores Norberto García y Carlos Presman, por sus consejos sobre medicina forense.
A los abogados (y escritores) Hugo Acciarri y Gabriel Bellomo, por valiosas conversaciones sobre lasproporciones del castigo y la justicia a lo largo del tiempo.
A la Fundación Civitella Ranieri, por una residencia inolvidable en Italia, donde fue escrita parte de esta novela.
Y a Marisol, por todo, y por las pacientes lecturas y relecturas.

Todo lo que choca en física, sufre una
reacción igual al choque, pero en moral
la reacción es más fuerte que la acción.
La reacción a la impostura es eldesprecio;
al desprecio, el odio; al odio, el homicidio.
Giacomo Casanova,
Historia de mi vida

UNO
El teléfono sonó una mañana de domingo y tuve que arrancarme de un sueño de lápida para atenderlo. La voz sólo dijo Luciana, en un susurro débil y ansioso, como si esto hubiera debido bastarme para recordarla. Repetí el nombre, desconcertado, y ella agregó su apellido, que me trajo una evocaciónlejana, todavía indefinida, y luego, en un tono algo angustiado, me recordó quién era. Luciana B. La chica del dictado. Claro que me acordaba. ¿Habían pasado verdaderamente diez años? Sí: casi diez años, me confirmó, se alegraba de que yo viviera todavía en el mismo lugar. Pero no parecía en ningún sentido alegre. Hizo una pausa. ¿Podía verme? Necesitaba verme, se corrigió, con un acento dedesesperación que alejó cualquier otro pensamiento que pudiera formarme. Sí, por supuesto, dije algo alarmado, ¿cuándo? Cuando puedas, cuanto antes. Miré a mi alrededor, dubitativo, el desorden de mi departamento, librado a las fuerzas indolentes de la entropía y di un vistazo al reloj, sobre la mesa de luz. Si es cuestión de vida o muerte, dije, ¿qué te parece esta tarde, aquí, por ejemplo a las cuatro?Escuché del otro lado un ruido ronco y una exhalación entrecortada, como si contuviera un sollozo. Perdón, murmuró avergonzada, sí: es de vida o muerte, dijo. No sabes nada, ¿no es cierto? Nadie sabe nada. Nadie se entera. Pareció como si estuviera otra vez por romper a llorar. Hubo un silencio, en el que se recompuso a duras penas. En voz más baja, como si le costara pronunciar el nombre, dijo:tiene que ver con Kloster. Y antes de que alcanzara a preguntarle nada más, como si temiera que yo pudiese arrepentirme, me dijo: A las cuatro estoy allá.
Diez años atrás, en un estúpido accidente, yo me había fracturado la muñeca derecha y un yeso implacable me inmovilizaba la mano, hasta la última falange de los dedos. Debía entregar en esos días mi segunda novela a la editorial y sólo tenía unborrador manuscrito con mi letra imposible, dos cuadernos gruesos de espirales abrumados de tachaduras, flechas y correcciones que ninguna otra persona podría descifrar. Mi editor, Campari, después de pensar un momento, me había dado la solución: recordaba que Kloster, desde hacía algún tiempo, había decidido dictar sus novelas, recordaba que había contratado a una chica muy joven, una chica alparecer tan perfecta en todo sentido que se había convertido en una de sus posesiones más preciadas.
—Y por qué querría prestármela —pregunté, todavía temeroso de mi buena suerte. El nombre de Kloster, bajado de las alturas y aproximado con tanta naturalidad por Campari, a mi pesar me había impresionado un poco. Estábamos en su oficina privada y un cuadro con la tapa de la primera novela deKloster, la única concesión del editor a un adorno, daba desde la pared un eco difícil de pasar por alto.
—No, estoy seguro de que no querría prestártela. Pero Kloster está fuera de la Argentina hasta fin de mes, en una de esas residencias para artistas donde se recluye para corregir sus novelas antes de publicarlas. No llevó a su mujer, así que por propiedad transitiva no creo —me dijo con un guiño—...
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