La ultima legion

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Ambrosino había desaparecido. Desde hacía algún tiempo se había entregado a la
exploración de los sectores menos conocidos de la villa, sobre todo de las viejas
dependencias ya en desuso, donde su insaciable curiosidad encontraba alimento en una
cantidad de objetos de lo más dispares y para él de excepcional interés: frescos, estatuas,
documentos de archivo, materiales de laboratorio,instrumentos de carpintería. Pasaba el
tiempo ajustando viejos utensilios en desuso de tiempos inmemoriales, como el molino y la
fragua, el horno y la letrina de agua corriente.
Los bárbaros le consideraban ya una especie de excéntrico lunático, y se reían a su paso
o se burlaban de él. Todos, excepto uno: Wulfila. Este se daba cuenta, incluso demasiado,
de su inteligencia para infravalorarle. Ledejaba libre dentro de la villa, pero no le permitía
salir del recinto amurallado exterior si no era bajo una estrecha vigilancia.
Rómulo pensó que aquel día se había olvidado de impartirle la lección de griego,
ocupado como estaba en alguna actividad especialmente absorbente, y se dirigió hacia la
parte inferior de la villa, aquella que descendía a lo largo del declive. Allí los soldados de laguardia eran pocos porque el muro era alto y sin acceso desde abajo, y en el exterior daba a
un despeñadero escarpado. Era un día de finales de noviembre, fresco, pero despejado hasta
el punto de que se veían en la lejanía las ruinas del Athenaion de Surrentum y, en el fondo
del golfo, el cono del Vesubio, de un rojo herrumbroso contra el azul intenso del cielo. El
único sonido era el de suspasos sobre el suelo de balasto y el rumor del viento entre las
copas de los pinos y de los acebos seculares. Un petirrojo alzó el vuelo con un ligero
susurrar de alas, un lagarto verde esmeralda corrió a esconderse en una grieta del muro:
aquel pequeño universo saludaba su paso con estremecimientos apenas perceptibles.
Hasta casi la mañana, las dependencias de los soldados habían resonado deun gran
vocerío por la llegada de un cargamento de prostitutas, que le había impedido dormir, y sin
embargo el muchacho no se sentía cansado por el insomnio: no podía haber cansancio
cuando no había actividad, cuando no había planes, ni perspectivas, ni futuro. En aquel
momento no sufría ni disfrutaba de modo particular, al no haber ningún motivo para ello.
Su ánimo vibraba absurda einútilmente en contacto con el mundo circundante, igual que
una telaraña al viento. No obstante, aquel aire puro, aquel respirar tranquilo de la naturaleza
resultaban gratos, y Rómulo canturreaba en voz baja una cancioncilla infantil que le vino a
la mente quién sabe por qué en aquel preciso momento.
Pensaba que al final se acostumbraría a su jaula, que uno se habitúa a todo y que, en el
fondo, susuerte no era peor que la de otros muchos. ¿Acaso allí en tierra firme no había
matanzas y guerras y carestías e invasiones y hambre? Trataba de acostumbrarse a no
reparar en la presencia de Wulfila, a ahuyentar de sí su imagen, único elemento capaz de
perturbar la apática modorra de su ánimo y desencadenar en su mente dolorosas
convulsiones, una cólera que no podía permitirse ni aguantar, untemor ya no justificado,
una sensación opresiva de vergüenza tanto más molesta cuanto inevitable.
De golpe advirtió en el rostro la extraña sensación de un chorro de aire, intenso,
concentrado, que sabía a musgo y a destilación de aguas ocultas. Miró a su alrededor, pero
no vio nada. Hizo ademán de moverse y advirtió de nuevo aquella sensación nítida, intensa,
acompañada del silbido apenasperceptible del viento. Y de repente se dio cuenta de que
procedía de abajo, de los agujeros de una rejilla hecha de arcilla para el desagüe del agua de
lluvia. Miró a su alrededor detenidamente: no había nadie a la vista. Tomó entonces el
estilo de la bolsa escolar que llevaba en bandolera. Se arrodilló y comenzó a raspar en torno
a la rejilla de la que seguía manando aquel largo suspiro. Una...
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