Las llaves del reino

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  • Publicado : 7 de noviembre de 2010
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EL PRINCIPIO DEL FIN

Muy entrada una tarde de septiembre del año 1938, el anciano Padre Francisco Chisholm subía con dificultad el escarpado sendero que· desde la iglesia de Santa Colomba conducía a la casa situada en la altura. A pesar de sus achaques prefería el sacerdote aquel camino a la menos trabajosa cuesta de Mercat Wynd. Cuando alcanzó la estrecha puerta de la tapia de su jardíndetúvose y, con una especie de ingenuo triunfo, contempló, mientras recobraba el aliento, el paisaje de que tanto había gustado siempre. Corría a sus pies el río Tweed, grande y ancha extensión de plácida plata, matizada por el tono de azafrán pálido del crepúsculo otoñal. Junto a la ladera que por el lado escocés se alzaba en la orilla septentrional, veíase la población de Tweedside, cuyos tejados,cual un ofuscante cobertor rojo y amarillo,. ocultaban el laberinto de calles empedradas de guijarros. Altos reductos de piedra rodeaban aún aquel burgo fronterizo, y en ellos había cañones capturados en la guerra de Crimea, a la sazón reducidos a enormes perchas donde se encaramaban las gaviotas, ocupadas en picotear a los cangrejos de la ribera. En la barra arenosa de la desembocadura del ríose disfumaban entre bruma las redes puestas a secar, y, dentro del puerto, los mástiles de los queches apuntaban hacia el cielo, agudos e inmóviles. Tierra adentro, la oscuridad iba señoreando ya los broncíneos y tranquilos bosques de Derham, hacia los que volaba, lentamente, una garza ante los ojos del sacerdote. El aire, fino y claro, olía a fuego de leña y a manzanas caídas, mientras lainminente escarcha ponía un agudo toque de frío en la brisa. El Padre Chisholm suspiró, satisfecho, y penetró en su jardín. Era éste un mero pañuelo, en comparación con su antigua finca de la Montaña de Brillante Jade Verde; No pero, esto aparte, tenía un lindo aspecto y, como todos los jardines escoceses, era productivo. Unos cuantos hermosos frutales abrían sus copas junto al muro. La policromaespaldera del rincón del Sur florecía en todo su esplendor. El Padre, dirigiendo una mirada cautelosa a la ventana de la cocina, no divisó signo alguno del tiránico Dougal, y entonces robó la mejor pera de su propio peral y la escondió bajo la sotaná. Sus mejillas, amarillentas y arrugadas. expresaban el júbilo del triunfo mientras cojeaba, deteniéndose a cada momento para continuar en seguida, a lolargo del cuijarroso caminillo. Apoyábase en el único lujo que se concedía: su nuevo paraguas de tartán con que había sustituido el otro, viejo y maltrecho, que fue su favorito en Paitan. Ante el porche de la puerta estaba parado un coche. El sacerdote contrajo lentamente el rostro. Su memoria era mala y sus accesos de abstracción le significaban. una molestia perenne; mas, a pesar de ello,recordaba bien la contrariedad que le produjera la reciente carta del obispo proponiendo - mejor, anunciando- la visita de su secretario, monseñor Sleeth. Apresuró el paso para dar

la bienvenida a su huésped. Monseñor Sleeth estaba de pie en la sala. Moreno, delgado, distinguido, no parecía encontrarse a sus anchas en aquel lugar. Tenía vuelta la espalda a la chimenea vacía, y el ambiente en que sehallaba acrecía su impaciencia juvenil y su clerical dignidad. Había mirado en torno buscando una nota de individualidad, un objeto de porcelana o laca o cualquier otro recuerdo de Oriente. Pero la habitación era austera y vulgar, sólo ornada con linóleo barato, sillas de paja y una rejada repisa de chimenea sobre la cual Monseñor, mirando con el rabillo de sus ojos desaprobadores, había visto yauna rueca junto a una desordenada cantidad de peniques. No obstante, el Secretario había resuelto mostrarse agradable. Suavizando su ceño, sofocó con un ademán gracioso las excusas del Padre Chisholm. -Su ama me ha mostrado ya mi cuarto. Espero que no le moleste mucho el darme hospitalidad por unos cuantos días. ¡Qué tarde tan soberbia hemos tenido! ¡Qué colores en el cielo! Mientras venía de...
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