Llegaron del mar-libro completo

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Biblioteca Ayacucho
Caracas – Venezuela
1993

MARIO MONTEFORTE TOLEDO

LOS DESENCONTRADOS
LLEGARON DEL MAR
SIETE CUENTOS

Selección, prólogo, cronología y bibliografía
MARIO MONTEFORTE TOLEDO

[151]
I

EL SEÑOR Y SUS MUJERES

LA GUERRA los había dejado acezando. La sangre cansa, lo mismo la dispersada en los campos que en los graderíos de las pirámides. Acababan de lavarse lacara y aún veían rojo, el río rojo y las nubes rojas y las manos rojas y el aliento y el sueño rojos de tanto ser sangre y cansancio y empezar otra vez a vivir sus vidas salvadas de sus muertes, cada quien con sus muertos a cuestas y su gana de que durara largo tiempo su vida sin sangre de la que apesta cuando empieza a volverse costra y cuero cubierto de hormigas con más vida que la sangre yadentro más muerte que los muertos.
Poco había que vender en los mercados y mucho que añorar en las casas donde las mujeres hablaban solas, como locas, de los que no habían vuelto y de unas cosas oscuras que tal vez les salían del vientre con deber de hincharse y de parir a otros que tampoco iban a volver. Poco tenían para creer en hoy o en mañana, para no ser errante esqueleto con carne quemadaencima, carne que trajina y maldice, que obedece y espera que de la llama del templo salga la forma de su nombre para recibir el filo del jade dos dedos abajo de la tetilla y aventar el corazón. Y sin embargo ahí estaban todos, pululando en sus casas de cañas, junto a las moles de los templos y los observatorios, donde el sol entraba por resquicios dejando el misterio de las fechas y la verdad de loscielos, corroborada por las estrellas más grandes y por los contornos de las nubes que a nadie hablaban sino a los sacerdotes. Ahí estaban todos, fornicando y comiendo y durmiendo y pensando que mañana saldrían a los campos ateridos a labrar con las estacas y a buscar el viejo camino de las semillas.
La casa de Ixcayá daba al barranco, cerca del puente que habían defendido cuarenta flecheros ahoray doscientos en la otra guerra y cuatrocientos en la más remota, la que contaban estremecidos entre sus dientes flojos los ancianos de años innumerables. Por las cuarteaduras de la casa de Ixcayá entraba primero el primer aire de noviembre, el primer canto de los cenzontles que anticipaban el aguacero, el primer grito de los Tucur, los del reino enemigo, cuando irrumpían en el pueblo para hacerguerra. La casa de Ixcayá daba al barranco, en cuya sima rodaba el agua del río cuando había agua y se pudrían los conejos y las testuces de los venados comidos por los tigres, o las [152] carroñas de los vencidos que las huestes victoriosas dejaban insepultos para que desparramaran peste y asustaran a los niños con sus cuencas negras donde pronto anidaban lagartijas y se quedaban trabados de cabezalos zopilotes.
En la casa de Ixcayá estaba sentado Ixcayá sobre un tronco, junto al fuego, mirándose las manos lerdas como mazos; mirándose nada más, para no hablar. Tres hijos se le habían quedado en las batallas: uno con una lanza en el pecho, otro con el cráneo destripado por una macana y el otro abrazado a un sauce, deteniendo en pie la alegría de haberse acercado antes de morir alcumplimiento de su deseo más profundo. Allí lo habían dejado porque lucía hermoso como un estandarte, con su sonrisa amarga y su penacho de guerrero ondeando al viento. Ixcayá ﷓que se llamaba Siete Cañas﷓ no pensaba en nada, sólo en los mocos que de su mujer vieja sorbía a cada rato mientras echaba las tortillas al fuego con lágrimas y un hilo de palabras agudas, más bien lamentos, que le salían a todaslas madres aquella noche.
﷓Los tres, los tres ﷓alcanzó a decir ella adivinando rencorosamente la guirnalda de flores colgada de la lanza.
Lanza de guerrero, vestida por la Guerra Florida, la que imponían los Tucur cada fin de ciclo, cada año que las aves migratorias pasaban volando en cruz, en augurio, por todo el cielo del altiplano. Se llevaban atados por el cuello a cuatrocientos muchachos...
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