Los 36 hombres justos (español)

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  • Publicado : 3 de noviembre de 2010
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Viernes, 21.10 h, Manhattan

L

a noche del primer asesinato estuvo llena de música. La catedral de San Patricio, en Manhattan, se estremecía con los sonidos de El Mesías, de Haendel, la gran obra que siempre conseguía conmover hasta al público más adormecido. Sus corales ascendían hacia los altos techos del templo, como si pretendieran salir y alcanzar los mismísimos cielos.

En elinterior, cerca de las primeras filas, se hallaban sentados un padre y su hijo. El de más edad tenía los ojos cerrados, como solía hacer siempre que escuchaba aquella música, que figuraba entre sus favoritas. La mirada del hijo iba de los intérpretes —los cantantes, vestidos de negro, y el director, que movía enérgicamente la cabeza de canosa melena— al hombre que se sentaba junto a él. Le gustabaobservarlo y analizar sus reacciones. Le gustaba tenerlo así de cerca. Aquella era una noche de celebración. Un mes atrás, Hill Monroe hijo había conseguido el trabajo con el que había soñado desde que llegó a Estados Unidos. A pesar de que todavía no había cumplido los treinta años, ya era un prometedor reportero de The New York Times. Monroe padre se movía en otras esferas: era abogado, uno de los demás éxito de su gene ración, y en aquellos momentos ejercía de juez federal en el segundo nivel de apelaciones dentro del Tribunal de Apelaciones de Estados Unidos. También le gustaba reconocer un logro cuando lo veía, y aquel joven sentado a su lado, cuya infancia él se había perdido, había realizado una proeza. Cogió la mano de su hijo y le dio un cariñoso apretón. En ese preciso instante, a nomás de cuarenta minutos de distancia de trayecto en metro, pero a un mundo de diferencia, Howard Macrae oyó unos pasos a su espalda. No se asustó. La gente que no era del lugar seguramente se habría mantenido alejada de aquel barrio de Brownsville, en Brooklyn, que era famoso por sus problemas con las drogas; sin embargo, Macrae conocía todas sus calles y callejones. Formaba parte del paisaje. Unproxeneta que llevaba más de dos décadas en circulación; él y Brownsville eran inseparables. También había sido hábil a la hora de mantenerse al margen de las luchas entre las distintas bandas que controlaban el barrio. Siempre había sabido permanecer neutral. Las facciones podían enfrentarse o cambiar, pero Howard había seguido siempre en su sitio, constante. Nadie le había discutido elterritorio donde sus putas ejercían el trabajo desde hacía años. Por lo tanto, aquel ruido a su espalda no le preocupó. Sin embargo, le pareció extraño que los pasos no se detuvieran. Se dio cuenta de que se acercaban. ¿Por qué iba a seguirlo alguien? Volvió la cabeza para mirar por encima del hombro y dio un grito sofocado mientras tropezaba. Un arma, distinta a cualquier otra que hubiera visto, loapuntaba. Dentro de la catedral, las voces del coro formaban un todo, y sus pulmones se abrían y se cerraban igual que el fuelle de un único y poderoso órgano. La música era insistente:

-1-

Y la Gloria del Señor será revelada, y todos los seres juntos la verán porque así lo ha dicho el Señor. Instintivamente, Howard Macrae se había vuelto hacia delante en un intento de echar a correr, pero notóuna extraña y punzante sensación en el muslo derecho. Su pierna pareció perder fuerza y cedió bajo el peso del cuerpo, negándose a obedecer sus instrucciones. « ¡Tengo que correr!» Sin embargo, su cuerpo no respondió. Tenía la sensación de estar moviéndose a cámara lenta, como si vadeara una corriente de agua. Luego, el motín se extendió a sus brazos, que quedaron primero anestesiados y despuésinertes. Su mente se aceleró ante la urgencia de la situación, pero también ella parecía abrumada, como si la hubiera sumergido en un súbito torrente de agua. Se sentía tan cansado… Se vio en el suelo, sujetándose la pierna derecha, consciente de que el resto de sus miembros se rendían también a la parálisis. Alzó la mirada, pero no pudo ver nada aparte del destello de una afilada hoja. En la...
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