Nada

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  • Publicado : 26 de agosto de 2012
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La noche se hacía soledad en mi alma. Me percibía llena de angustia, de hastío, de impotencia… Noches en vela, esperando… esperando… Todos me decían: “mujer, sólo queda esperar… será lo que Dios quiera”. Lo que Dios quiera… ¡Lo que Dios quiera! ¿Y lo que yo, lo que yo quiero, entonces no cuenta?

Mi niña jugaba tranquila, corría tranquila, era una niña más… llena de vida, traviesa, inundada desonrisas. Aún ajena a ese mañana gris que a todos los pobres y muertos de hambre nos aguarda. Más, de la noche a la mañana… De la mañana a la noche, mejor,

Busqué ayuda desde un principio, pues ella es lo único que me queda. Aquí no tengo a nadie más… soy sólo una mujer, y como si esto no fuera suficiente para padecer el maltrato y la discriminación, en una tierra donde Dios pareciera queprotege sólo a los hombres… Mi marido murió hace cuatro años en una revuelta callejera, de esas que tanto abundan en estos días de tanta conflictividad social; y el único hijo varón que me dejó, marchó hace más de seis meses al norte, lejos, muy lejos, con el sueño de encontrar allá una mejor vida; no he vuelto a saber de él desde aquella tarde que partió junto a otros muchachos del barrio.Cargué con le cuerpecito débil de ni niña, camino a la pieza, mientras caía la noche; tenía sus manos frías y su frente sudorosa prendida en fiebre. Acosté su frágil figura entre las sábanas tejidas en tantas noches de tristeza y soledad; y recordé frases sueltas de una plegaria que una vez escuché a un extranjero pronunciar ante una gran desgracia. ¡Extranjero! Qué absurdo, yo era en ese momentola extranjera… Veinte años viviendo allí, entre ellos, veinte años con ellos, sufriendo los mismos fríos en las noches de invierno, padeciendo los mismos calores en los largos y duros días de los veranos polvorientos… bebiendo la misma agua, pisando la misma tierra… pero extranjera, huérfana de patria, ajena… Vine llena de juventud y esperanza, a este país de promesas, con un saco de sueños, allado del hombre que amaba.

Una lágrima, mezcla de esperanza y excitación rodó por mis mejillas. Allí estaba: la gente, la muchedumbre. “El maestro quiere estar solo”, dijo uno que parecía ser del grupo de los suyos. “No, no, él debe escucharme, yo necesito que me escuche” – pensaba para mis adentros. “Señor, tú lo sabes todo…” Entonces, dentro de mí, como un brioso huracán, emergió una voz quegritó: “¡Señor, necesito verte, necesito hablarte!”. “Dije que el maestro quiere estar solo” – repitió aquel hombre que parecía más un soldado del imperio, que un hombre de dios, y enojado agregó: “¿Acaso crees que con todo este gentío, el maestro va a perder el tiempo con una mujer como tú?”. Haciendo caso omiso de aquellas duras palabras, me abrí paso como pude entre la gente, entre los cientosde curiosos, enfermos, ¡entre el sinnúmero de hombres religiosos que tantas veces nos han dejado a nosotras a un lado! Sin importarme las miradas lascivas, los comentarios hirientes, las palabras crueles… sin importarme nada más que mi hijita moribunda, llegué a la puerta, e inmediatamente pude distinguir la imagen límpida y risueña de aquel hombre profeta. Entre tantos ¡ése debía ser él! Ycorriendo rauda a su lado le dije: “Señor, hijo de David, mira mi miseria porque mi única hijita está enferma de muerte”. Al borde de las lágrimas, sentía el peso de las miradas de los presentes. Me veían a mí, le miraban a él. “Eh, ¡apártate, mujer! ¡Que aquí estamos discutiendo cosas de hombres!” – gritó, mientras me halaba fuerte del brazo un hombre viejo, de barba rala. Pero cuando intentaban sacarmea la fuerza, me solté y gritando a viva voz dije: “Eres profeta, eres hombre de Dios, ayuda a mi hija… ¡Ven conmigo, Señor!”. Pero no conseguí respuesta alguna de su parte. Sentí como una noche de luto dentro de mí… le llamaba, le imploraba y no me respondía… “tú lo sabes todo… respóndeme… respóndeme” – pensaba. Y él callaba. Sólo se limitaba a observar, a los que le rodeaban. ¿Su respuesta...
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