Palco numero 8

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El palco número ocho
(Esperanza Iris)
Rebeca Orozco
Doña Esperanza:
Usted me conoce. Mi nombre es Amparo Ramírez, mejor conocida como Amparito. Llevo treinta y dos años trabajando en su teatro. Seguramente se acuerda de que comencé atendiendo la taquilla y luego llegué a ser jefa de las acomodadoras. No podrá negar que puse todo lo que estaba de mi parte para cumplir con mi trabajo. Le ha deparecer extraño que me dirija a usted por medio de una carta, pero ahora que ha decidido dejar la dirección de su teatro al empresario Calvet y debo renunciar a mi empleo, me veo en la imperiosa necesidad de hacerle una propuesta. Al igual que usted, estoy cerca de cumplir los setenta años y a estas alturas de la vida no queda más que hacer recuentos y hablar con claridad.
Amo su teatro, elgran teatro Esperanza Iris. Todavía recuerdo con emoción el día del estreno, aquella noche de mayo de 1918 no había una sola butaca vacía. En cuanto llegó el presidente Venustiano Carranza, la orquesta empezó a tocar el Himno Nacional y los asistentes se pusieron de pie. Con un vestido majestuoso, atravesó usted el pasillo central de la sala y, luego de subir al escenario, abrió el enorme telón deterciopelo con el fin de dar un reconocimiento al grupo de obreros que, bajo el mando del arquitecto Mariscal, habían participado en la construcción. Disfrutamos entonces la zarzuela La Duquesa de Bal Tabarín. Quedé realmente maravillada con su forma de actuar, bailar y cantar.
Esa ocasión, al llegar a mi humilde casa, guardé el programa de mano. Luego, a lo largo de tres décadas, fui atesorando,en una caja especial, uno a uno de los programas en los que usted participó, así como los recortes de periódico que contaban las crónicas de sus múltiples viajes a Cuba, Puerto Rico, Santo Domingo, Panamá, Colombia, Venezuela, España y otros países lejano. Sus éxitos eran incontables. La invitaban a actuar en lugares recónditos y le obsequiaban regalos costosos. Entre las acomodadoras, corría elrumor de que, en alguna ocasión, un sultán le había regalado collares y pulseras de oro.
Aquella tarde en que llegó a visitarla la señorita María Conesa y tuve el honor de guiarla hasta el apartamento que usted tiene en la parte de arriba del teatro, quedé maravillada con el lugar. Digno de una reina: muebles estilo francés, repisas atestadas de recuerdos. Floreros, joyas, cajas de música.Siempre cumplí con las obligaciones propias de mi trabajo. Procuré atender de la mejor manera posible a los espectadores: los saludaba cordialmente y los guiaba al sitio exacto. Fui seria, devota, disciplinada. Me sentía afortunada de poder disfrutar noche tras noche sus espectáculos y, sobre todo, de verla lucir a usted esplendorosa en La caprichosa, La casta Susana, Eva, La viuda alegre o Laprincesa del dólar. No dejé de cumplir en ningún momento los encargos particulares que me hizo. Las noches en las que no actuaba, me pedía usted, señora, que le preparara el palco número ocho para presenciar desde ahí la representación, que lo adornara con un ramo de flores. Me ordenaba, además, que invitara a los espectadores a desalojar el teatro antes de la medianoche, pues necesitaba absolutosilencio para conciliar el sueño en su petit foyer.
Sus éxitos y glorias me han acompañado todos estos años. También sus tristezas. Alguien me contó que, con su primer esposo, un director de orquesta cubano, tuvo cuatro hijos. Por desgracia, dos murieron muy pequeños y los otros dos, Carlos y Ricardo, se nos fueron al cielo cuando eran apenas dos muchachos. ¡Qué dolor tan profundo debe haber sentidousted doña Esperanza!
Por la expresión de su rostro, por la manera de andar por los pasillos del teatro, es fácil adivinar que nuevamente está pasando por alguna de sus terribles depresiones. Esta vez, conozco el motivo, ¿quién no lo conoce? Ha salido en todos los diarios. No se habla de otra cosa en el medio artístico. ¡Ay, señora!, no sé si de algo le sirva, pero quiero expresarle mi...
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